Voy a citar textualmente el comienzo del libro, pues en esas palabras se condensa la vida de Frank y su familia en la Irlanda antes y durante la segunda guerra mundial.
“Mi padre y madre debieron quedarse en Nueva York donde se conocieron y casaron y donde yo nací. En cambio, volvieron a Irlanda cuando yo tenía cuatro años, mi hermano Malachy, tres, los mellizos, Oliver y Eugene, recién poco más de un año, y mi hermana, Margaret, ya muerta.
Cuando miro hacia atrás a mi infancia, me pregunto cómo de verdad sobreviví. Fue, por cierto, una infancia miserable. La infancia feliz escasamente tuvo valor para mí. Peor que una miserable infancia común y corriente, es la miserable infancia irlandesa, y peor aún es la miserable infancia irlandesa católica”.
Las Cenizas de Ángela es un libro escrito con una naturalidad y vitalidad cautivante. Este narrador en primera persona es un adulto que escribe sobre ese personaje infantil, nos encontramos, no obstante, siempre inmersos en la infancia; todo aquel mundo que Frank vivió y padeció se grabó tan fuerte en su memoria y lo entregó a nosotros con fuerza telúrica. Entre los constantes padecimientos y adversidades suyas y de su familia, se respira la inocencia y la espontaneidad infantil, el humor infantil, el deseo de seguir viviendo, y a pesar de su corta edad, de hacer algo por su familia, para mejorar la miserable condición que viven día a día.
Irlanda, por supuesto, es otro de los personajes. La Irlanda pobre, los prejuicios religiosos, la culpa, los protestantes, los ingleses y su dominio de 800 años. La “pint”, la cerveza que lleva su olor a las pobres casas. El padre alcohólico y ausente que no puede superar el vicio, y se gasta lo poco que esporádicamente gana en las “pints” y deja a su familia hambrienta. El tifus, la tuberculosis siempre asechando, llevándose a jóvenes y adultos, zapatos rotos, la humedad y la lluvia, baños compartidos, olores nauseabundos.
Frank se pregunta en el comienzo, cómo de verdad sobrevivió a ese mundo. Y la verdad es admirable su resurrección. Me encanta la foto en la portada del libro. Ahí está Frank, de unos seis o siete años en Limerick; es una mirada ruda, como alguien que está siempre alerta y listo para actuar en un medio adverso, pero también hay en esa mirada una humanidad escondida. Y la foto contrasta con la foto del adulto que aparece en la parte posterior del libro, del hombre que refleja en su semblante cierta sabiduría, el hombre que pasó tantas vallas y llegó a la meta, hay paz y tranquilidad en esa mirada.

Que fue aquello que permitió que Frank sobreviviese a ese mundo adverso. Dos cosas: su tenacidad, y la educación, una educación católica con sus dogmas y sus rituales hoy lejanos, pero educación, al fin y al cabo. También ayudó su interés por las letras, la poesía, los libros, la biblioteca.
A los 19 años Frank McCourt volvió a Estados Unidos, por muchos años fue profesor de inglés en una escuela segundaria de Stuyvesant Nueva York. Ganó con este libro el Pulitzer Prize y se hizo una película de la novela.
Citadini
