La habituación versus la gratitud

Nos pasamos la vida corriendo por conseguir una meta: terminar una carrera, obtener un trabajo, tener un hijo, una pareja, o viajar, o cambiarse de ciudad, país, conseguir un ascenso o un trabajo nuevo, emprender un negocio, en fin, las metas son tan variadas como personas hay en el mundo, pero algo que es común es el hecho de que la felicidad que produjo aquello que conseguimos se va diluyendo con el tiempo, dando paso a nuevas metas y muchas veces a quejas sobre el mismo trabajo o negocio que anhelábamos, o sobre la misma relación de pareja que tanto cuidábamos al inicio. El psicólogo social, Daniel Gilbert, en su libro Tropezar con la felicidad dice al respecto: “Una de las verdades más crueles de la vida es la siguiente: las cosas maravillosas lo son especialmente la primera vez que ocurren, pero su maravilla se desvanece con la repetición.”

¿Por qué ocurre esto?

Porque nuestra mente está diseñada para habituarnos a los estímulos, y de esta forma, adaptarnos al entorno y ser funcionales.

Imagina que cada día percibieras la ropa y los zapatos que llevas puestos, que al caminar sintieras el retumbe del piso en tus pies, y al llegar a tu trabajo, cada estímulo: los colores de las paredes, las luces y sombras, los aromas y sonidos propios del lugar te distrajeran; tu conducta sería bastante desorganizada y caótica. Esto no ocurre gracias a la habituación, que consiste en que ante la exposición repetida de un estímulo, el organismo (humano y animal) deja de emitir una respuesta, y así ya no sientes los zapatos, o no reparas cada día en el color de la pared para que puedas focalizarte en los estímulos que sí necesitan tu atención.

Sin embargo, el mismo fenómeno, la habituación, nos impide disfrutar de las bondades que nos otorga la vida diaria, pues dejamos de sentir placer ante aquello que nos gusta pero que nos es habitual, como la ducha de agua tibia cada mañana o transitar por el mismo camino agradable cada día. 

¿Podemos hacer algo para cambiar esto? 

Por supuesto, así como nuestra mente contiene este mecanismo de habituación para que podamos ser funcionales, también poseemos la capacidad de percibir de manera consciente lo que nosotros escojamos. Y este es el fundamento del Mindfulness, el de hacerte consciente del momento presente, y de esta forma reducir el estrés, la ansiedad y mejorar tu calidad de vida.

Una de las prácticas que propone el Mindfulness es el de poner atención a las actividades cotidianas sin juicio: comer, caminar, estar sentado, por ejemplo ahora leyendo estas líneas, lo que implica en otras palabras llevar a la conciencia aquellos estímulos que el mecanismo de habituación ha bloqueado. Una práctica que va muy de la mano con el Mindfulness es la gratitud, que es el acto de apreciar las cosas buenas.

Puedes practicar durante cinco minutos la atención plena de tu momento presente, hay diferentes maneras de hacerlo. Presta atención a los estímulos de un tipo: visuales, auditivos, táctiles, etc. de tu entorno durante esos minutos, dejando que afloren los pensamientos y sensaciones sin enjuiciarlos. O bien, realizar una acción cotidiana agradable, como tomar una ducha tibia o una taza de té, tomando consciencia de todos los sentidos implicados para percibir ese momento. Sea la técnica de atención plena que escojas, conéctate con la gratitud de vivir esa experiencia, y verás como tu perspectiva sobre tu vida cambia en ese instante y va apareciendo la calma. Con la repetición del ejercicio es probable que logres “bajarle el volumen” a algo cotidiano que te molesta y que no es muy relevante, al subir la intensidad perceptiva a lo que sí te agrada.

Julieta Salinas Apablaza

Escritora

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