No apure el ganado flaco

Cada experiencia enseña y el aprendizaje obtenido de ésta será de acuerdo al grado de consciencia que tengamos de nosotros mismos. Obvio, se podría pensar, pero, más de alguna vez obviamos lo obvio, lo que está al alcance de nuestra percepción y por consiguiente, perdemos una oportunidad de aprender. Y, seguimos de largo, como si nada hubiese pasado.

En mis habituales  periplos domingueros, de unos 30 kilómetros aproximadamente, he tenido variadas experiencias, las que me han dejado – más allá del disfrute y el encuentro con la naturaleza- valiosos y oportunos aprendizajes. 

Era un domingo más de pedaleo, de un otoño que comenzaba a mutar los colores del paisaje. El ejercicio de pedalear era grato y motivador. En mi perspectiva quedaba aún camino por recorrer. Antes de emprender con fuerza lo que restaba por llegar a la meta, me detuve para acomodarme el casco, apoyé, automáticamente mi pie izquierdo en la vereda, pero, algo pasó, perdí el equilibrio y caí, con todo el peso sobre ese costado; una anécdota, que me hizo sonreír, al tiempo que sentí un tirón poco común en mi pantorrilla. Me incorporé rápido y seguí, a pesar de la molestia, a los pocos metros me di cuenta que no podía seguir.

Pensé en pedir ayuda, pero opté por ser fiel a mi bici, e inicié el regreso, pedaleando prácticamente con un pie: el camino de vuelta se hizo largo y doloroso.

Así los hechos, y teniendo claro el diagnóstico: desgarro gemelar, con todo lo que implica en términos de movilidad y funcionamiento. Las dudas de cómo enfrentar la situación, no se hicieron esperar.

Desde, ya pasará con un poco de reposo, hasta la necesidad de ver a un especialista, aparecieron en el horizonte.

El paso de los primeros días mostró una leve mejoría. De manera que con la ayuda de un bastón, intenté funcionar lo más normal posible.

La realidad y la mirada más experta, dijeron otra cosa: a reposar lo más posible.

Y este hacer poco o no hacer nada, traían aparejada enseñanzas simples, concretas y profundas: saber esperar; no apurar, escuchar el síntoma.

El cuerpo habla, fuerte (como el dolor) y claro, sin ambigüedades. Un mensaje unívoco y sin prisa (la prisa está en nuestra cabeza), literalmente, pasó a paso.

La verdad, me esforcé en mi recuperación, le puse ganas. Pero, la vida, la naturaleza tiene sus propios tiempos inmutables. No hay apuro ni impaciencia que valgan. A dónde va tan apurado, parecen decirme los gemelos desgarrados.

 Este aparente tiempo vacío ha sido un regalo, un descubrir profundo.

No siempre hacer es avanzar. A veces no hacer «nada», es más importante que hacer y hacer.

Hoy me di cuenta que el pie está apoyando un poquito más,  y no porque se lo exija mi mente inquieta; es más simple, sabe que puede y necesita hacerlo.

En este tiempo, breve, de no hacer. Pude experienciar, la importancia de la pausa, del alto en el camino, y por qué no, en redireccionar algún proyecto que parecía no admitía otra alternativa que la asignada al inicio del trayecto: corregir es posible, y no pocas veces, necesario.

Más necesario aún, cuando sentimos que estamos flaqueando en algún aspecto de nuestra existencia… Recordando, por cierto, la sabiduría popular: No apure el ganado flaco.

Nelson Álvarez

Compartir en WhatsApp y Facebook