
Algo tan sencillo -o complejo al mismo tiempo- como tomar un libro en plena carretera y entregarnos a la lectura sea acaso lo que marca la diferencia entre un viaje provechoso y otro que no aporta mucho. O aporta en la medida de las necesidades de cada cual. Imaginemos ahora una carretera infinita en donde un bus nos lleva al fin del mundo y no podemos retornar a casa. En esa escenografía difusa y tensa lo único que salva la situación es un libro. Pero no un libro cualquiera, digamos, en tales circunstancias debemos tener un texto notable, me imagino Cosmos de Witold Gombrowics, quien, entre páginas ruidosas nos dirá “¡Oh, salvaje potencia de los pensamientos débiles!”. O bien podría ser On the road de Jack Kerouac: “… y precisamente en una hora punta, observando con mis inocentes ojos de la carretera la locura total y frenética de Nueva York con sus millones y millones de personas esforzándose por ganarles un dólar a los demás, el sueño enloquecido: cogiendo, arrebatando, dando, suspirando, muriendo sólo para ser enterrados en esos horribles cementerios de más allá de Long Island. Las elevadas torres del país, el otro extremo del país, el lugar donde nace la América de papel.”.
Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940), en su libro El último lector, nos muestra una serie de viajes y lectores que parecieran buscar un mismo territorio: el de la muerte o la soledad o la nada, donde el lenguaje escrito se convierte en polvo y alguien lo jala sin preámbulos ni pensamientos de niñita caprichosa. Así las cosas, entre aquellas páginas se nos aparece Ana Karenina de Tolstói. Leamos: “Todavía sintiendo la misma inquietud que la había embargado durante todo el día, pero con cierto placer empezó a acomodarse para el viaje. Abrió con sus manos pequeñas y ágiles el saquito rojo, sacó un almohadón que se puso en las rodillas y, envolviéndose las piernas con la manta, se arrellanó cómodamente. Le pidió a Aniuska la linternita que sujetó en el brazo de la butaca y sacó de su bolso un cortapapeles y una novela inglesa”. Luego Piglia nos recuerda la escena de El Sur, el cuento de Borges, “en que Dahlmann lee, o trata de leer, en un tren que cruza la llanura de la provincia de Buenos Aires y, distraído por la realidad, deja de leer”.
Esa tensión entre leer u observar el paisaje o revisar las noticias en el celular (o simplemente dormir) arriba del bus es una batalla a diario, que, en mi caso, experimento desde hace treinta y tantos años. En efecto, en mis viajes entre Putaendo-San Felipe (o viceversa) la lectura definitivamente se ha convertido en un placer, o al menos así me parece. Entre las calles angostas de Rinconada de Silva he descubierto versos de Cristian Cruz: “Dentro de la escena / una nube baja y se arrastra sobre el mármol / del otro lado unos labios desechos / cantan en el abismo.” Así también en Las Coimas se me aparece el poeta Carlos Hernández. Leamos: “Hay una noche perra en la inmensidad de un ladrido, entra en los cuerpos de las personas como estrellas”. Y en las calles del sector El Almendral me he topado con unos trágicos versos del poeta Camilo Muró: “la mujer que tiene un pasado turbio / un perro herido en una esquina de su cuerpo”. Al subir las escaleras del Cristo de Rinconada me encuentro con los versos de San Juan de la Cruz: “Pastores, los que fuerdes / allá por las majadas al otero: si por ventura vierdes / aquel que yo más quiero, / decidle que adolezco, peno y muero”.
Treinta y tantos años que ahora me parecen breves segundos, como flechas atravesando la ventanilla del bus que nos arrastran a un territorio cubierto de palabras que se alzan sobre nuestras cabezas agitadas por el viento de hace mil años. Sin embargo, la lectura continúa su curso; nuevos lectores acariciarán las hojas de un viejo libro o viejos lectores acariciarán una Tablet que traerá historias horrorosas de un nuevo siglo. Pero retornemos a la escena de Anna Karenina: “Y la bujía, a cuya luz había leído ella un libro lleno de angustias, engaños, dolores y maldades, brilló más que nunca, iluminó todo lo que antes había estado oscuro, parpadeó, empezó a atenuarse y se extinguió para siempre.” Acaso aquel sea el destino de los lectores de provincia; morir violentamente después de una grata lectura.
Marco López Aballay
-Escritor-
