Poemas de Juan Robles Parada
Son 17 poemas que constituyen la arquitectura de este libro titulado Catástrofe (Pikunta Ediciones, Viña del Mar, 2026) de Juan Robles Parada. Palabras, versos y poemas que caen como lluvia ácida en un extraño territorio y bajo circunstancias sospechosas. ¿El autor es un fantasma, un actor, un enfermo o un loco de remate? Tamañas preguntas no son fáciles de resolver más aún cuando leemos un conjunto de poemas que funcionan como piezas de un ajedrez poético mayor o puntos de un mapa que se extravía en alguna grieta del espacio. A medida que avanzamos las imágenes se multiplican y se desplazan entre camas, pasillos y salas de un hospital de provincia. Con objetos, humanos y animales que animan una danza que sube-baja, vuela y aterriza en el pantano de sus pensamientos todopoderosos. En ese punto apelamos a la imaginación, al ensueño y su realidad distorsionada por el dolor, la enfermedad, la pudrición de su cuerpo y de su alma. Juan Robles (originario de Catemu, nacido en 1996) se la juega ante las palabras y sus reglas ortográficas que revolotean desordenadamente sobre la hoja en blanco. Lo que queda es la oratoria, el mensaje, la silueta de un poema que se moldea en base al caos mental y las emociones que apelan a la transformación de un lenguaje suelto, ligero, libre y sin ataduras de ninguna especie. Aunque a momentos los versos se compactan, produciendo un efecto de múltiples interpretaciones. Leamos el poema 11 PM: Y como garganta rasgada / y como brazo amputado / como hígados fermentando / el mundo daba mil vueltas sin girar. // Saturaba la base con mercurio / alrededor de las bombas de infusión. / Todos contaban sus historias / Todos menos el aura de mi ser, / como si mi cuerpo hubiese quedado / Enterrado en el campo de batalla.
Los poemas obedecen al desaliento y a la pérdida de un cuerpo que arrastra a su espíritu a territorios desconocidos, zonas de pesadilla y padecimiento cuya única salida sea acaso la aceptación de los hechos y dejarse llevar por la corriente luminosa de sus últimos deseos. El poemario se convierte en un holograma en desorden, una ecuación imperfecta que algún día lograremos comprender a cabalidad. Lo que queda ahora son versos a fuego vivo, imágenes cual disparos en la cien de un lector en agonía. Leamos el poema 2 AM.El dolor de cabeza me exigió una lobotomía / Una operación abierta a mis arterias coronarias. / Con la cefalea pulsándome el absceso de mi desgracia / empiezo a ver a la gente en tonos amarillos / brotando de otra piel, / como si el sodio enfermo de las lámparas / los licuara como ampollas humanas / pegadas a la espalda de alguien más, / Cada cuerpo se abre / y de su torso sale otro cuerpo / y de ese cuerpo sale el yeso que devora sus hombros, / y del yeso una pierna / que va a incrustarse lentamente / en la pared húmeda del recinto. / ¿Ya es tu turno? / ¿o el mío? ¿o el de alguien más que todavía no sabe que ha comenzado a brotar, amarillo, desde la grieta de esta noche?
Poeta y lector se toman de la mano en un viaje inacabable, a bordo de un carro imaginario, donde los versos se ramifican, las palabras brotan mientras los poemas se entrecruzan flotando en el espacio, con el claro objetivo de unirnos a su respiración y cansancio. Ahora tan lejano y extraño, aunque más atractivo que nunca. El poeta experimenta, juega y expone metáforas tan inverosímiles como el sueño a medianoche y su volada de quisquito San Pedro, con el fin de conectarnos a sus delirios, miedos y locura. Un contraste de luces y sombras que nos guía al final del túnel donde las palabras explotan y se difuminan en el espacio. Leamos 6 AM. ¿Has escuchado la leve brisa que se levanta a las 4 de la mañana? / Es una brisa que se fabrica en los tórax cansados del hospital, / pasa por las cortinas azules / como un fantasma que aprendió a doblarse en pliegues, / Trae consigo el olor húmedo de las vendas recién cambiadas, / un poco de yodo, / un poco de pólvora vieja, / Esa brisa roza las camillas / sopla sobre los párpados cerrados para ver quién finge dormir / y quién ya está demasiado lejos de este recinto.
El poemario constituye una caja de Pandora que bien vale la pena conocer y explorar. Percibir sus aromas, colores, tonos y acaso una mínima cuota de esperanza. En esa búsqueda nos atrae su fatalidad y a la vez su encanto, donde la enfermedad y la muerte se entrecruzan en los márgenes de un proyecto de libro que promete, y que afortunadamente tenemos en nuestras manos.

Marco López Aballay
-Escritor-
