Los muchachos de zinc

En este libro documental de Svetlana Alexiévich (Bielorrusia, 1948), nos encontramos ante un coro de voces polifónicas -oficiales, soldados rasos, enfermeras, prostitutas, madres, hijos, todos de la Unión Soviética- que van narrando sus impresiones y experiencias en torno a la guerra en Afganistán, la cual duró casi 10 años: desde 1979 a 1989, dejando un total de 15.051 rusos muertos, 417 prisioneros y 287 desaparecidos/as. Las voces, todas en primera persona y fiel a los acontecimientos, impactan por la crueldad y el dramatismo de las escenas de guerra o de la pérdida de hijas e hijos que retornaron a su país en calidad de cadáveres, en ataúdes de zinc sellados, mientras el Estado ruso no reconocía el conflicto. Lo que más llama la atención es el cambio psicológico que la guerra implica: los sobrevivientes no serían los mismos cuando retornaron a su país: nada les motivaba a seguir existiendo y la sociedad les daría la espalda sin comprender el verdadero propósito de una guerra sinsentido. El coro de voces parece un lamento de siglos, acaso la voz de todas las guerras, de todos los conflictos, de todas sus víctimas. Mujeres y hombres en la ruta de la muerte sin entender el porqué de ese destino que, de un momento a otro, les arrebató la vida, les mutiló el cuerpo, los dejó ciegos y enloquecieron hasta perder completamente la razón. Al iniciar la travesía, la autora describe lo siguiente “Hoy mismo un chico –no parecía un soldado, era frágil y enclenque- me ha contado lo extraño y a la vez apasionante que es matar a todos juntos. Y lo espantoso que es fusilar ¿Acaso eso quedará en la historia? Eso es a lo que yo me dedico desesperadamente (libro tras libro): a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana”. Lo mismo nos sucede en Voces de Chernóbil, otro libro de Alexiévich, donde la autora narra documentalmente la tragedia de Chernóbil, voces de las víctimas directas de aquella explosión. En Los muchachos de zinc las voces se suman en torno a una tragedia mayor. Leamos una de ellas:

 “Los soldados de reconocimiento no matan en un combate, lo hacen a poca distancia. No atacan con metralleta, sino con una daga, con la bayoneta, para no hacer ruido. Matan sigilosamente. Lo aprendí a hacer muy pronto, me acostumbré. ¿El primer muerto? ¿El primero al que maté de cerca? Lo recuerdo… Nos acercamos a un Kishlak, por los prismáticos de visión nocturna lo divisamos: al lado de un árbol había una farola pequeña, junto a ella se veía el fusil, un hombre cavaba la tierra. Le dejé mi metralleta a mi compañero, me aproximé lo suficiente a él, le salté encima, lo arrojé al suelo. Le metí el turbante a la boca para que no gritara… Yo llevaba un cortaplumas, lo usaba para abrir las latas… Ya lo tenía en el suelo… Le tiré la barba y le corté la garganta. Después del primer asesinato… Es como después de la primera mujer… Estás alterado… Se me pasó pronto. Yo quería ser bueno, pero en la guerra eso no pasa. Regresé a casa. Estoy ciego, una bala me arrancó la retina de ambos ojos. Me entró por la sien izquierda, salió por la derecha. Solo distingo luces y sombras. No he conseguido ser bueno. A menudo tengo ganas de degollar a mordiscos… Cuando tenía ojos yo estaba más ciego que ahora. ¡Qué ganas de limpiarme! De limpiarme de toda esa suciedad en que nos metieron. De la memoria… No sabe lo horriblemente mal que me siento a veces por las noches. Todo se me echa encima de nuevo… Otra vez salto con el cuchillo encima de otro hombre… Busco dónde atravesarle… El hombre es suave, recuerdo que el cuerpo humano es suave… ¡Así es la jugada! Así es… De noche tengo miedo porque vuelvo a ver… En los sueños no soy ciego…” (testimonio de unSoldado, explorador)

Recomendamos este libro como un reconocimiento a la obra de Svetlana Alexiévich, a las víctimas de la guerra en Afganistán y de todas las guerras del mundo. A niños, hombres, mujeres y ancianos devastados por tanta sangre derramada.

Marco López Aballay

-Escritor-

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