Voces de Chernóbil

La periodista y escritora Svetlana Alexiévich (Ucrania, 1948) el año 2015 obtuvo el premio Nobel de Literatura gracias a esta monumental obra que a nadie deja indiferente, principalmente, por la intensidad de los relatos y las diversas voces que intervienen en la novela. En efecto, Voces de Chernóbil está estructurada en base a testimonios reales denominados “Monólogos” de personas que vivieron directamente -e indirectamente también- la tragedia ocurrida en Bielorruisa el día 26 de abril de 1986, cuando en la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil ocurre un accidente mientras se realizaban pruebas de seguridad: unas explosiones destruyeron el reactor y el edificio del cuarto bloque energético, desatando un incendio con consecuencias radiactivas altamente contaminantes para el territorio bielorruso y parte de Europa. Debido a este lamentable suceso, Bielorrusa (Belarús), país agrícola de unos 10 millones de habitantes, perdió 485 aldeas y pueblos; 70 de estos enterrados para siempre. Actualmente se estima que el 23 por ciento de Bielorrusia está contaminado, en dicho porcentaje de territorio viven más de dos millones de personas y, según informes médicos, siete de cada diez están enfermas de cáncer.

En el Monólogo acerca de lo que no sabíamos: que la muerte puede ser tan bella, una mujer residente en la ciudad de Prípiat, a tres kilómetros de la explosión, cuenta lo siguiente: Hasta el día de hoy tengo delante de mis ojos la imagen; un fulgor de color frambuesa brillante; el reactor parecía iluminarse desde dentro. Una luz extraordinaria. No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso (…). Al anochecer, la gente se asomaba en masa a los balcones. Y los que no tenían, se iban a casa de los amigos y conocidos (…). La gente sacaba a los niños, los levantaba en brazos. “¡Mira! ¡Recuerda esto! Y fíjese que eran personas que trabajaban en el reactor. Ingenieros, obreros. Algunos venían desde decenas de kilómetros en coches, en bicicleta, para ver aquello. No sabíamos que la muerte podía ser tan bella”.

Así también, en el Monólogo acerca de qué se puede conversar con un vivo… y con un muerto, una de las voces cuenta acerca de la evacuación de sus aldeas, pues debían alejarse de la radiación que llegaba, como fantasma de muerte, a sus casas: “Las mujeres se arrastraban de rodillas ante sus casas. Rezaban. Los soldados las agarraban de un brazo, del otro y al camión”.

Para los que vivían allí, Chernóbil no era una metáfora ni un símbolo, era su casa, su tierra, por muy envenenada que estuviese: “La radiación esa anduvo por mi huerto. El huerto se quedó todo blanco, blanco, blanco”, dice otro testimonio.

Una de las voces más dramáticas lo constituye la de una joven, Luidmila Ignatenko, esposa de uno de los bomberos que acudió la noche de la explosión a colaborar en la reducción del incendio. Luego de esto, los bomberos fueron trasladados de urgencia a un hospital de Rusia en cuyo lugar fueron falleciendo de a poco. El esposo de Luidmila falleció a los 14 días de ocurrida la explosión. Luidmila describe: “Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro”. Luidmila estaba embarazada, y en esas condiciones visitaba a su esposo, como es de suponer, la hija fallece a las pocas horas de vida: “Por su aspecto parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus piernas. Pero tenía cirrosis. En su hígado había 28 roengten. Y una lesión congénita al corazón. A las cuatro horas me dijeron que la niña había muerto”.

De esa manera, dramática y asfixiante, se abren los múltiples monólogos en esta gran obra literaria. Durante veinte años Alexiévich entrevistó a científicos, residentes ilegales de la zona prohibida, soldados, niños, evacuados, antiguos trabajadores de la central. Reflexionaba junto a ellos buscando una respuesta junto al caos imperante. Acaso uno de los datos más espeluznante de toda esta tragedia es que la Tierra permanecerá contaminada, al menos, veinticuatro mil años. Algo incalculable al ojo humano. En uno de los capítulos, a propósito de las entrevistas, la autora reflexiona: Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes”.

Marco López Aballay

                                                                                                                -Escritor-

Compartir en WhatsApp y Facebook