Jugar a la guerra

Algo sucede en el ambiente cuando leemos Jugar a la guerra (Editorial Aparte, 2021), como si alguien arrojase juguetes que no veíamos hace cuarenta o más años. Cada juguete representa una historia que se entremezcla en el sueño, el recuerdo o una libre reflexión. Nicolás Meneses (Buin, 1992), tira a la chuña sus vivencias y aventuras dentro de una espiral que gira infinitamente hasta lograr su objetivo: cautivar. De tal manera que, como piezas de ajedrez, nos integramos cual actores de reparto. El realismo de sus textos nos permite ese trance: abandonar nuestro cuerpo para jugar al PlayStation, disparar rifles a postón o jugar una pichanga. Las historias, que a momentos nos parecen crónicas, ensayos, prosa poética o extractos de un diario de vida, nos llevan al descubrimiento de una existencia acaso extraordinaria. Eso intuimos cuando corroboramos una niñez en ausencia de su madre, los trabajos forzados, la convivencia con tías y abuela, la vida nómade, la educación casi por accidente, sus aventuras literarias y el deseo de superación al ingresar a la universidad. Pero su narrativa bucea libremente y su lente nos permite una panorámica amplia y enriquecedora. En efecto, en sus juegos de infancia y adolescencia hay algo de compasión, resiliencia, sana ironía, empatía con el resto de los mortales que lo saca de molde. En el camino de lectura descubrimos la multiplicidad de su cuerpo y de su alma en busca de luminosidad. Cada etapa de su existencia va dejando huellas que moldeará su espíritu hasta quedar en paz consigo mismo y con todo lo que le rodea. Mientras tanto vive y escribe. Su material creativo se alimenta de respiración, de latidos, del puño de sus manos mientras hornea pan y decora dulces de La Ligua. Sus trabajos forzados lo elevan a un estado casi místico. Recoger la basura, trabajar de panadero, ser dependiente de un supermercado o comerciante ambulante es tarea de héroes, seres nobles y honestos que reparten su enseñanza como Buda o Jesucristo:  El blanco de los peonetas que descargan me recuerda a los panaderos: algo tienen en común con el hijo de Dios. Jesús, sin más, era un panadero nato, extraordinario: multiplicaba el pan, incluso más rápido que cualquier panadero industrial. También noto algo de martirio en la imagen del panadero con un quintal de harina a la espalda y Jesús arrastrando la cruz. Encorvarse para recibir ese peso que va a redimir a la humanidad. El pan de alguna manera redime a los chilenos y es omnipresente. Es el cuerpo, el sacrificio y la generosidad de Cristo hacia la humanidad. Un gesto lleno de nobleza. (pág. 52)

Hay relatos que evidencian un acercamiento casi accidental al mundo religioso: el joven Nicolás junto a su hermano mayor retornan, después de años, a la fiesta de Santa Rosa de Pelequén: Antes de irnos, entramos a una de las últimas misas que se celebrarán por la fiesta y escuchamos al sacerdote hablar de lo que Santa Rosa tiene para entregarnos: «La fuerza de su espíritu y la pureza ingenua de Jesucristo». Mi hermano me llama afuera y con un garabato me comenta lo impresionado que está. Recuerdo que cuando niño yo era de los que no decían chuchadas en la iglesia. Creía que era un lugar sagrado, pero, sobre todo, con la constante vigilancia de Dios. Mal que mal, era su casa. (pág. 48). Su fe, infantil y espontánea, se hace presente en situaciones límites como cuando en Arica sufre un accidente: Llegó el viernes y me dieron el alta. Nunca me había hecho más sentido el «levántate y camina» de Jesús a Lázaro. Fue como recuperar otra vida, tener otra oportunidad. Si un canuto me hubiera hablado en ese momento, me hubiera unido a su causa. (pág.84). El tejido del libro contiene escenas, personajes y territorios que se reiteran en el flashback de su memoria, la que obedece a la emoción más que a la lógica de un relato determinado. La escritura es libre y fluye en un estado de ánimo que va desde lo reflexivo a la exaltación y el asombro. Su técnica le permite esos puentes de conexión en donde lo inanimado adquiere movimiento y el contenido se tensiona dando formas a relatos que se bifurcan entre múltiples lecturas. Un libro que emociona y encanta. Cuya lectura recomendamos para estos días de verano.

Marco López Aballay

                                                                                                                           -Escritor- 

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