Adicciones y Fobias

-Poemas de Ricardo Herrera Alarcón-

Como un caudal de agua dulce nos llegan los versos de Ricardo Herrera Alarcón. Porque su poesía es para adentro donde se mezclan presente y pasado conviviendo en armonía sus pesadillas, delirios y realidad. Aunque también es para afuera, cuyos brazos agarran objetos que giran sobre su cabeza llena de estrellas que chispean a lo lejos. Los objetos -tangibles y reales- ubican a las letras, las ordenan y ellas encuentran la luz al final del túnel. “Duermo dentro de la luz y me dejo acariciar por un enjambre de candelillas de oro // Evito viajar a pesar de que soy la luz / Evito moverme porque estoy cansado / Cómo deseo haber sido un piano estático / Esperando unas manos piadosas / Cómo quisiera haber sido un anillo / Que una mujer pierde en un río / Imagino (cuando cierro los ojos) / que mi corazón es una lámpara / Que mi dios es una luciérnaga de oro / Que mis padres no son ciegos”. La luz ilumina estos versos bajo la lluvia; poemas y palabras que configuran un santo rosario que el profeta lleva a cuestas en las doce estaciones del libro, mientras recibe latigazos y escupitajos con olor a tinto y a blanco. Pero el maestro sigue adelante, a pesar de las dificultades la poesía salva, aunque sea por un rato. “Yo ando en una onda espiritual en la que creo poco / Y a veces creo nada / Yo ando en una sintonía fina con el yo como paño de guaipe, el yo / Como una trinchera llena de abejas / Para no autodestruirse mi yo machaca membrillos / Llena botellas de ron con semillas de girasol”. La bajada es un juego de naipes peligrosa y se baraja en soledad. Sus contrincantes son demonios, arcángeles, máscaras del bien y el mal que ahora se presentan como poemas muertos. “Mi trabajo es destruir, echar abajo. / Desde la mañana comienzo por entrar en la luz y por dentro repetirle que / no vale nada el resplandor, que la quemadura de la nieve o el brillo de la / llama es basura, una mentira seguramente fabricada por el día, que todo / lo confunde. Luego entro en el sol convertido en un ave mezcla de tedio, / robot y prozac y allí adentro y ya siendo un ave fría y calculadora, le / inyecto vino con ñache y lo dejo coagular hasta que se apaga”. Un poeta experto en el arte culinario, con variadas recetas de carne, sangre y eyaculaciones diversas. Herrera Alarcón dispara sus ideas en este libro que asemejamos a una erupción volcánica, cuyas cenizas caen como orgasmos en nuestros sueños de cuna. Su visión de mundo se sostiene en pensamientos fragmentarios, recuerdos difusos, vivencias ruidosas, paisajes e imágenes que logran cuadros musicales a medida. Como un director-actor busca escenas perdidas en un cajón de recuerdos inútiles y que, a través del ejercicio poético, logran un propósito, un sentido de escritura que vale la pena experimentar: Mi poesía política se entretiene mirando a unos niños que serán torturados en 10 años más / Y que ahora juegan en los columpios de una villa proletaria. / Cuando escriba mi poesía política habrán pasado varios años de la oscuridad y habrán muerto también / en su mayoría los protagonistas más importantes de esta historia.  / Mi poesía política ahora se divierte mirando el memorial de las víctimas detenidas y desaparecidas / Frente al cementerio municipal de Temuco. / No encuentra su voz y pasa de largo por Balmaceda hacia la feria / Allí, frente a la pescadería / Piensa en las musas arrastradas por la corriente”. La fuerza centrífuga de sus poemas convoca a mundos paralelos, imaginarios, lecturas viejas y nuevas, emociones que entrechocan con el pensamiento poético o la rigidez del pentagrama final. Escritura en el precipicio de lo absurdo, anecdótica y acaso divina. Algunas piezas, a momentos, parecieran no encajar en el poema, aunque sí en la lectura que sigue una frecuencia ilimitada y fuera de control. Adicciones y fobias / es un libro de medicina que leo como ficción / como novela rosa / como vulgar tratado de esoterismo / escrito por un adicto lleno de fobias / que de niño se hizo adicto / hasta que su vida se convirtió en subir ascensores / para llegar a bares / que cada vez estaban en los pisos / más altos de las torres / así se transformó en lo que en Chile / llamaríamos un curadito / cuya mística es comer huevo duro con merkén / dormir rodeado de perros y gatos sobre cartones corrugados”.

Asciendo al tren de la lectura y de un impulso subo al carro de los derrotados. Al fondo, a la izquierda, diviso a Herrera Alarcón: tiene mil años y escribe como animal. Una voz en off nos advierte: “No somos nadie para preguntar a dónde se dirigen. / No somos nadie para intentar saber por qué permanecen aquí”.

Marco López Aballay

-Escritor-

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