Todo atorrante que se precie de tal debe tener su quiltro. Yo tengo un quilterry que me acompaña en todas; el otro día mientras torranteaba para pasar las penas de la última elección, de repente lo miro y veo su mirada triste, qué te pasa, Otto, le consulté, sin esperar respuesta obviamente y para mi sorpresa, Ottito me respondió, “tengo miedo», me dijo con un ladrido quejumbroso. De qué pregunté sin salir del asombro.
«¿Es verdad que van a derogar la ley Cholito?», interrogó con un aullido lastimero. Tranquilo el perro, respondí con una sonrisa falsa. Y si llega a suceder, pa’ eso toy yo pa’ protegerte, respondí, empático.
“Y cómo”, retrucó, “si te van a quitar la pgu”. Ahí veremos, contesté como buen chileno. Y seguimos caminando en silencio, sin patear la perra, obviamente, la ley Cholito sigue vigente.
Como Otto es un quiltro informado; comentó, “así que se las emplumó pa’ Argentina.” Quién, inquirí, con tono de ignorancia supina.
“Quién más, él poh”, dijo con una irónica sonrisa perruna, “el presidente electo”.
Y ahí entramos en una pequeña discusión: Otto afirmaba tajante: “yo que él partía a Venezuela primero”.
A qué, interrogué, fastidiado, ¿a comer arepas?
“Se ve que no sabes de política internacional”, afirmó con aire de superioridad. “Pa ‘ ponerse de acuerdo con el Nico Maduro en la expulsión de sus coterráneos desde esta larga y angosta franja de tierra”, concluyó y largó una risotada ladrido, llena de ironía.
Pero él prefirió las tierras de Martín Fierro, expuse con aparente sabiduría literaria. Y argumenté que eran del mismo signo político e ideológico. Así que apróntate a vivir en Chiletina, comenté resignado
Otto me miró con resignación, y recitó con voz de gaucho: «aquí me pongo a ladrar, al compás de la vigüela, que al perro que lo desvela, un pena”… Debo confesar sentí preocupación. ¿Qué te aflige?, consulté, con tono de sicólogo humanista.
“Qué no los viste, ahí estaban los dos con una motosierra”. Eso no quiere decir nada, lo calmé, pura pantomima, agregué no muy convencido.
“Y si así, como dice que ‘hay que cortarse el pelo como corresponde’, me corta mi linda cola”, me interpeló angustiado.
Ojalá nos cortaran la cola, repliqué, intentando poner un poco de humor. Pero no resultó y seguimos caminando en silencio.
Otto rompió el silencio. “¿Has leído el poema, El aprendiz de brujo?”. El de Goethe, me apresuré a responder, para no quedar de ignorante.
“El mismo, el de las escobas”, respondió entusiasmado, “y todo por no estar preparado para hacer uso del poder, que excedía largamente sus capacidades, concluyó triunfante”.
Como mi ego bajó a niveles preocupantes, comenté con aires de sabiondo. Si poh, y por su arrogancia inundó todo el país.
Y para demostrarle que también soy letrado, expuse con claridad: muy similar al mito de Faetón… Iba a seguir con la perorata, pero Otto me interrumpió con una profunda reflexión: “mira este Faetón, querer ser igual que los dioses y llegar al sol, y era un mortal igual que nosotros, no más”, después de un silencio, dijo en tono de pregunta, “¿y por qué estamos hablando de esto?”
Seguimos caminando y de una radio escuchamos una canción de los años 70, creo yo. Y nos fuimos coreando… El negro Manuel Antonio fue loco desde pequeño creyó que era mayordomo… pero todo ha sido un sueño…
El Atorrante
