El pueblo lo llama Gabriel

Cómo buen atorrante me senté a descansar y ver un poco de tele. Y justo en ese momento, el aún presidente de la República, Gabriel Boric, pronunciaba su último discurso en calidad de tal.

Es sabido que los atorrantes, somos sensibles; quizá por ello, seguí con creciente emoción las sentidas palabras del primer mandatario. Me pareció tan honesto, tan creíble y empático. Tanto cuando daba a conocer los logros de su administración, como cuando se hacía cargo de sus errores y omisiones.

Se puede estar o no estar de acuerdo con su gestión de cuatro años al mando del país. Desde ese punto de vista, las críticas y discrepancias son legítimas. En lo que como atorrante, no estoy de acuerdo es con las descalificaciones y generalizaciones sin argumentos: sólo repetir frases hechas.

Escuché hasta el hartazgo que le llamaban, el merluzo, apodo, que por lo demás, lo usó un periodista español, y acá, sus adversarios políticos comenzaron a repetir como loros. Sin saber, quizá, que quiso decir el español aquel.

Más allá de todo lo que se dijo, y el relato que fue creando una visión, según yo, que no se ajusta a la realidad, el joven mandatario sale fortalecido como político, luego de su paso por la primera magistratura de la nación. Prueba de ello es la distinción, (la máxima que hace la institución), Juan Gómez de Almagro, que le otorgó Carabineros de Chile, por su gestión en favor de la policía uniformada.

Como atorrante no pertenezco a partido político alguno. Lo digo porque pienso, que independiente de la legítima postura política o visión de la sociedad que tengamos, es importante reconocer las virtudes y aciertos, de quienes piensan y proceden de manera diferente a la nuestra. Tal vez así, contribuimos a crear un mundo más amable.

El atorrante

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