Dormía profundamente, diría que soñaba con los angelitos y algunas angelitas, cuando mi querido Otto, mi quilterry, compañero de mil batallas, me despertó con sus ladridos desesperados. Qué pasa, Otto, pregunté molesto.
“Qué va a pasar”, me dijo, “prende la tele, será mejor”.
La tele, a esta hora, déjame dormir tranquilo.
“Despierta”, insistió, “que están apedreando la casa de un vecino”.
Dónde, inquirí, entre sueños.
“Tres casas más allá”, fue su respuesta, y noté preocupación genuina en sus ladridos.
Estuvimos silentes, por un largo, largo rato. Rompí el silencio para sincerarme con Otto.
Le confesé, que en primera instancia, no me había importado lo del vecino, total, pensé egoístamente, vive tres casas más allá, y más encima, me cae mal.
Otto sólo atinó a mover su cola, luego, comenzó a declamar:
“Primero vinieron por los comunistas y no dije nada,
porque no soy comunista.
Después vinieron por los sindicalistas,
pero no dije nada
porque no soy sindicalista.
Luego vinieron por los curas, pero no dije nada,
porque no soy cura.
Finalmente vinieron por mí,
y no había nadie que me defendiera.”
Y eso, pregunté intrigado, de quién es.
“Qué importa”, respondió molesto. “Eso refleja lo que está pasando en la patria grande”, cerró, con un dejo de angustia.
Sin embargo, hay gente que aplaude, significa que no es tan malo, lo que ocurre, argumenté, para tranquilizarlo.
“Hoy es el vecino, que te cae mal,” contra argumentó, “y que es incómodo para todos… Pero nadie tiene derecho a meterse en su casa”, expresó convencido.
Oye Otto, esta historia me parece conocida, comenté, con una semi sonrisa.
“Si poh, recién vení a caer… no cachai una. Claro que es re-conocida”. Afirmó irónico.
Así no más es, respondí, y agregué, la historia de nuestra América Latina… “La historia del intervencionismo… Para arrasar con nuestras riquezas”, expresó con meridiana claridad.
Y qué podemos hacer nosotros, nada, me respondí.
Otto lanzó un ladrido largo, que significaba, por lo menos no aplaudamos mientras apedrean al vecino.
El Atorrante
