Todo esto es mío

Mi abuelo contaba una anécdota probablemente verídica: En una ocasión invitaron a un jefe indio de una de las tantas tribus norteamericanas a pasar unos días en Italia. Apenas se asomó por la puerta del avión en el aeropuerto Leonardo Da Vinci, el jefe habría extendido su brazo derecho, lo habría movido en 180 grados y habría dicho con cierta ironía: “todo esto es mío”, emulando a lo que decían los europeos al llegar a Norteamérica para apoderarse de sus tierras.

Y ahora tenemos a Donald sufriendo algunas regresiones. Ya se cree el dueño de Venezuela; a Petro le dijo que cuidara su trasero. En Cuba según él no será necesario mandar al portaaviones, caerá sola porque no tendrán petróleo. Groenlandia también está en la mira; aunque ahí la cosa se le pone más complicada, porque Dinamarca es miembro importante de la OTAN. Recordemos que también quería a Canadá como el Estado número 51. Tal vez sueñe con una sola América de norte a sur llamada Trumpilandia.

Pero bromas aparte, ¿a quién le importa el pueblo venezolano, que ha sufrido pellejerías y represión por más de veinte años? Trump los ilusionó con la captura de Maduro, pero hasta ahora lo único que ven los ojos de Trump es petróleo. ¿Podría al menos Mr. Blond, —que parece más sensato que su presidente, y que sabe de dictaduras—, forzar a los rufianes que aún mandan en Venezuela, que liberen a todos los presos políticos?

Y como las letras son mi especialidad, al menos así creo, diría que Donald Trump es una mezcla entre El Gigante Egoísta, y El Rey Midas.

El Criticón

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