(Continuación) Los viejos eran más apasionados para jugar, solían discutir y regañar durante el partido; así son los tanos. Aunque cuando terminaba el juego se les pasaba el enfado y se volvían amables. Ahora la cosa está más mezclada, van también chilenos, algunos híbridos, y dos o tres árabes. Me gusta que haya entendimiento entre los pueblos. No puedo decir lo mismo de mi Yugoslavia. Tanta muerte dejó la guerra. Claro, eso era una olla a presión sujetada por Tito. Y después de todo Tito era el más suave de los dictadores rojos. Se podía salir del país, cosa que no podían hacer los otros detrás de la cortina. Bosnia, Eslovenia, Serbia, Dalmacia, Croacia, Montenegro, Macedonia, Herzegovina, y Albania incrustada en el sur. Todos esos países juntos con sus diferencias étnicas, raciales y religiosas. No quiero recordar esa tragedia. Incluso en Zadar murieron cientos de italianos.
«Tú me dices que estoy mintiendo, desgraciado, me tratas de mentiroso, infeliz». «Por favor, no te estoy diciendo que seas un mentiroso, sólo te estoy diciendo que me des pruebas refutables, tráeme una fotografía con los leones donde tú dices que estaban. Mira, ahí cerca del antiguo quiosco que mencionas, hay una de las cuatro esculturas femeninas que representan las cuatro estaciones, y que están en las cuatro esquinas de la plaza. Es imposible que los leones estuviesen ahí». «Sabes que más, no hablo más con vos re…». «Mira, los únicos leones que yo he visto están en el cementerio, a la entrada del mausoleo de la familia Espíndola», «Ustedes no saben nada par de jiles, los leones estaban bajando las escaleras de la terraza, donde antes patinaban los niños y hoy venden baratijas chinas».
En verdad ellos parecen unos leones viejos de un circo pobre que se sientan en sus pisos y rugen inofensivamente, se acuerdan de antiguos amores y sorben el vino. Yo no me conformaba con ese rugido de leones, quería llegar a la verdad última. Recordé que en su época le había enviado un par de cartas al alcalde con algunos temas que me preocupaban por esos días. Sí al que restauró la plaza. Me propuse abordarlo un día cuando la ocasión lo permitiera. Así fue no más. Venía caminando en mi dirección cuando levanté el bastón y lo agité en el aire unos segundos. El hombre se detuvo:
-Hace tiempo que quería hacerle una pregunta.
-Dígame no más, don Mirko.
-¿Sabe usted dónde estaban los leones de la plaza?
El hombre me quedó mirando unos segundos con una cándida sonrisa. El silencio perduró más de lo habitual. Entonces le dije:
-Nunca hubo leones en la plaza, ¿no es cierto?
-Efectivamente, ¡Nunca hubo leones en la plaza!
-Mi empleada me dijo que su hermano los había visto en la casa del exgobernador.
-Es más, don Mirko, mucha gente decía que yo los tenía en una parcela. La verdad, ese fue un chisme que echaron a correr mis adversarios políticos en la elección de diputados. Don Mirkito, ¡nunca hubo leones en la plaza!
-Eso pensaba yo -le dije, y nos despedimos con un apretón de manos.
Yo no sé por qué siempre las esculturas son de leones, prefiero los tigres.
Ernesto De Blasis
En el libro Agusta y otros cuentos, de Ril Editores
