Elegí este verso de Antonio Machado para compartir mi experiencia de un domingo en bicicleta.
La mañana de febrero clara y fresca aún, era el escenario ideal para la práctica del ciclismo. Y para no perder la costumbre ni el estado físico monté mi fiel bici, y salí a recorrer el valle de Aconcagua.
A medida que avanzaba la temperatura y el camino subían: la primera en grados, el segundo en inclinación. En una bifurcación del camino, opté por tomar la mano derecha y en una nueva variante, mi elección fue esta vez la mano izquierda. Esta dirección lleva a la localidad de Santa Filomena, en la comuna de Santa María. Miré el camino, y pensé, es muy largo, especialmente si la canícula se hacía sentir cada vez más. Después, me fijé una meta corta: un árbol frondoso, para descansar en su sombra y decidir si seguir o no. Bebí un sorbo de agua reconfortante, extendí mi vista un poco más allá y elegí un letrero caminero como próxima meta. Cumplida ésta una curva caminera fue el próximo desafío, que superé sin mayor esfuerzo.
Así sucesivamente fui avanzando, y ni el calor, ni el camino ascendente se hacían tan pesados. Es más, disfrutaba el sostenido avance en cada giro del pedal.
Ahí me cayó la chaucha, o me di cuenta -como diría un terapeuta gestáltico-, en la experiencia concreta está el aprendizaje. En este caso, fijar metas cortas para lograr un objetivo mayor.
En primer lugar, la meta final no parece imposible, se hace más amigable, más accesible.
En segundo lugar, cada hito alcanzado motiva para alcanzar el próximo, que verdaderamente está al alcance de la fuerza y energía del momento. Así se refuerza e impulsa a seguir, no como una obligación. Por el contrario surge como una necesidad por satisfacer, por lo tanto el organismo entero pulsa por el logro.
Además de todo lo referido, ese día mi celular decidió, arbitrariamente, cesar sus funciones. Hecho que me hacía sentir contrariado. Y si llama alguien, por algo importante, y dónde voy a ver la hora. y si me pierdo de algo, etc.
Ahí me di cuenta, que está situación me llamaba a confiar. Hacerse al camino, es eso: soltar, dejar ir lo que impide avanzar fluidamente. En definitiva, creer en mis señales internas, en la sabiduría de la intuición y dejar que, lo que tenga que ser, será.
El letrero decía, Santa Filomena. Observé lo recorrido y pedaleado.
Había llegado, y si bien sentía el esfuerzo y el sudor. La satisfacción y el aprendizaje, eran una recompensa inesperada.
Es verdad, muchas veces había leído y comprendido desde lo cognitivo, la importancia de las metas de corto plazo.
Esta vez el aprendizaje trascendió largamente lo intelectual, se in corporó literalmente, quiero decir con esto: mi cuerpo lo integró; se hizo real, se hizo vida en la vivencia consciente y elegida.
El regreso es un regalo: el esfuerzo de subir, se convierte en el placer de descender a gran velocidad, mientras el viento, que acaricia mi rostro canta conmigo una canción de Serrat…
“Es muy largo el camino para mirar atrás”…
Solazo
