El Nudo Gordiano

Rescaté de mi baúl este artículo publicado en mayo de 2004. Encaja en el presente con la guerra de Estados Unidos e Irán. Es necesario agregar el conflicto entre Estados Unidos y Afganistán, que aún no decantaba en esa fecha, donde también occidente salió con la cola entre las piernas. Como dijo una comentarista norteamericana, para occidente, y especialmente para Trump, el tiempo es oro. Para oriente el tiempo es el tiempo. O, con Einstein, el tiempo es relativo.

El nudo gordiano es también el título de un libro del escritor alemán Ernst Jünger. El longevo autor (vivió hasta los 102 años) analiza las relaciones históricas entre occidente y oriente, entre Europa (das Abendland) y Asia (das Morgenland).Se detiene en los conflictos, desde las guerras entre los griegos y los persas descritas por Herodoto en sus libros. Recalca Jünger que las diferencias culturales entre estas dos formas de vida son en algunos puntos radicales. En especial en relación con ciertas concepciones como la libertad, la religión, la vida, la muerte y el suicidio. Al tratar las sucesivas guerras entre estos bloques destaca como el tiempo y el clima se transforman a la larga en un factor decisivo a favor de los orientales. Pensemos en la frustrada invasión a Rusia por Napoleón y luego por Hitler a causa del severo invierno blanco. O las selvas húmedas de Vietnam y el fracaso norteamericano. Hoy mismo, en Irak, lo que parecía pan comido para la coalición se está transformando en un infierno; es más, ha sido necesario contar con generales enemigos para combatir a los rebeldes. Ya el mismo Alejandro, quien cortara el nudo gordiano con su espada y se convirtiera en el conquistador de Asia, con el tiempo fue adoptando las costumbres persas. Me gusta un proverbio chino que citaba Herman Hesse, aunque se refería a un enemigo también oriental: “Podrán hasta comernos, pero vamos a ver si nos podrán digerir”. El suicidio también tiene connotaciones totalmente diferentes en ambos bandos. El seppuku fue un ritual de honor para los samuráis. Se inmolaban también los pilotos japoneses en la segunda guerra, algunos escritores y artistas, y hoy se manifiesta en los hombres bomba palestinos, y los que guiaron los aviones contra las torres gemelas. En cambio, tanto la religión como las costumbres cívicas occidentales rechazan el suicidio. Se detiene Jünger en el mayor poder que sustentan los jefes orientales comparado con los occidentales. Básicamente porque en occidente la libertad y la democracia están acuñadas desde sus orígenes en los ciudadanos; y los soberanos se deben de alguna manera al pueblo. Además, analiza el temor del occidental de caer en las manos de sus enemigos. Los soldados alemanes cuando sabían que su captura por el ejército soviético era inminente se internaban en los bosques y se disparaban. En la invasión a Irak muchos voluntarios de paz occidentales se aterrorizaron cuando Hussein, antes del ataque aliado, les dijo, “o se ponen como escudos humanos o se van del país”. Y cómo habrá temido el norteamericano recientemente degollado por los escogidos de Alá. Sería bueno conocer la opinión desde el otro lado del ya desecho nudo gordiano, qué piensan los orientales de los occidentales. Recuerdo cómo una veterana árabe parada sobre las ruinas y escombros de los bombardeos aliados en la guerra del golfo gritaba en un perfecto inglés, “it’s the west!, it’s the west!”, (¡es occidente!, ¡es occidente!), como diciendo, es ese monstruo. 

Citadini

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