Probablemente una de las mejores novelas chilenas. “Mi caballo era así: grande en sus bondades y admirable en su desamparo. Supongo que era un genio. No tuve tiempo de conocerle a fondo. Pocos son los que, nacidos en el arrabal sudamericano, surgen al dominio de la fama y deslumbran a un público internacional. Simuladores maestros abundan, y se les tolera con mayor o menor benevolencia. Pero el genuino campeón es inconfundible”.
Fernando Alegría personifica e idealiza a este caballo chileno que finalmente, tras incontables pruebas, triunfa en tierras gringas; y quizás ese triunfo no sea más que una metáfora de su propia vida en el país del norte, donde hizo un doctorado en Filosofía y Lenguas Romances en la Universidad de California y donde dictó la cátedra de Literatura Hispanoamericana en la misma Universidad.
Probablemente el caballo “González”, como se llamaba, nunca logró ese triunfo magnífico en el mundo real; lo más probable es que Alegría se montó en ese caballo para desde allí narrar su vida, la de los inmigrantes y de los propios norteamericanos en el San Francisco de la época. El narrador, que no es otro que el mismo Fernando, da cuenta de un ojo atento y un corazón apasionado. Con gran sensibilidad y rica lírica va narrando la vida en ese puerto; describe los ambientes, la vida en los hipódromos, los apostadores, o carreristas, como los llama, cada uno con sus vicios, fantasmas y ambiciones; todo con lucidez y ese humor nuestro que nunca olvida.
Creo que en esta novela de alguna manera nos vemos todos, especialmente en nuestros primeros años de adulto, cuando los sueños están intactos y hacemos hasta lo imposible por hacerlos realidad. Quizás pocos triunfan, pocos encuentran el tesoro, la piedra filosofal, El Dorado o se vuelven campeones en las canchas. Entonces, para la mayoría, lo que queda es el camino recorrido, las penas, las alegrías, las frustraciones, las borracheras, los amores perdidos.
También la historia tiene una mirada nostálgica de la patria, la patria que se extravió en el tiempo, esa patria de antaño, pobre, cariñosa, desinteresada, con gusto a cebolla y vino malo. Aquella patria que exigía con fuerza el regreso, regreso que muchos no logran emprender por tantas razones.
Es una gran novela de un autor que quizás mereció más reconocimientos en nuestro país, a pesar de que la obra recibió el Premio Municipal de Santiago en 1958. En España fue destacada por grandes escritores.
Como me dijo una editora; los novelistas chilenos son malos para extenderse en sus obras, no pasan las 150 páginas. No hay un Thomas Mann chileno. Fernando Alegría llegó a las 227 en Caballo de Copas, edición de la Editorial Zig-Zag de 1967. Me hubiese gustado que el escritor, en las páginas finales, y a pesar de que lo hizo magníficamente en la mayor parte de la novela, hubiese desarrollado un poquito más la relación de Mercedes con el narrador, pero bueno…
Agradezco a don Carlos Quesney ―un hombre que lleva la hípica en su corazón―, que me insistió tanto para que leyera este gran libro.
Citadini
