Un tecito de tilo para después de las fiestas

Diciembre y todos se vuelven locos. Se han quejado todo el año que no tienen plata y ahora salen a gastarlo todo. Tacos interminables al mediodía, y masas de gente circulando en medio del calor; se quejan del calor, pero persisten en su empeño de comprarle regalos a toda la parentela, la vecindad, los amigos, los colegas, y hasta a las mascotas. Hace un par de días pasé a comprarle alimento a los gatos, y en la tienda dos jovencitas convencieron a la mamá de comprarle un regalo de Navidad al perro. Me dieron ganas de decirles: el perro es un animal, los animales estaban en el establo cuando nació el Niño Jesús, y es a él a quien celebramos, pero me hubiesen encontrado desubicada a mí, porque el verdadero sentido ya no está, se perdió.

Dos de mis sobrinas se las dan de budistas, hablan todo el tiempo de los chakras, del universo, las energías. Tienen estatuas de Buda y de otras divinidades hindúes por todas partes. En la vida las he visto ir a misa o mencionar siquiera el nombre de Jesús en sus conversaciones y son las más entusiasmadas con la Navidad. Una de ellas se molestó cuando le dije que era budista: 

-Soy agnóstica y librepensadora -me respondió.

-¿Y por qué si tienes ese altar de Buda, no tienes también una imagen de la virgen María o del Sagrado Corazón? Dices que eres agnóstica.

-Ay, tía. Usted no entiende nada.

Yo creo que la que no entiende los conceptos es ella. Es cosa de ir a un diccionario y buscar qué es el agnosticismo, el budismo, y el cristianismo, pero es fácil confundirse en esta etapa New-New Age que estamos viviendo, donde los agnósticos celebran la Navidad regalando mandalas.

Católicos, budistas, agnósticos, confundidos, todos celebran el mes completo reventando la tarjeta de crédito, y manteniendo el discurso de austeridad en la boca: “Lo más importante es estar juntos en familia”, “No es necesario hacer regalos tan caros” dicen, mientras posan para sus redes sociales al lado del inmenso y sobrecargado árbol de Navidad, mostrándole al mundo que, si de opulencia se trata, llevan el estandarte.

Ahora les ha dado por interrumpir la cena navideña o de Año Nuevo con fotos para el mundo; y digo interrumpir, porque las escasas fotografías que se sacaban antes para estas fechas se mandaban a revelar y quedaban como un recuerdo privado de la familia. Ahora uno está con un trozo de pollo en la boca y en un segundo, hacen clic con su camarita, y esa imagen recorre el mundo entero. ¿Qué le importa al resto que yo esté comiendo pollo?, ¿tiene eso algo de interesante? Pareciera que para las nuevas generaciones sí. El año pasado en París, frente a los Campos Elíseos miles de personas prefirieron sacar fotos o grabar vídeos en la noche del 31, antes que celebrar el cambio de año. Si tanto tontorrón junto se perdió el abrazo de Año Nuevo en París, ¿qué puedo decir yo a mis sobrinos, aquí en este pedazo de tierra? ¿Coman y déjenme comer pollo en paz? Eso no les entra en la sesera.

Los más contentos son los chinos. No los que viven en China, sino los de acá, dueños de los paraísos del consumismo local. A ellos está de más desearles una feliz Navidad, porque ya se la hemos dado. Nos vendieron árboles, adornitos, cotillón, regalos para la parentela. Ojalá en enero tengan algún tecito de tilo pa’ calmarle los nervios a todos los que se quejan porque se gastaron toda la plata. 

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