La Chica del “Crillón”

“Para el caso digo que me llamo Teresa Iturrigorriaga, y será la única mentira de la narración. Uso un apellido vinoso y sin vino, es decir, soy aristócrata y sin plata. Vivo con mi padre enfermo y una vieja cocinera, a quienes mantengo”.

            Es muy probable que Teresa Iturrigorriaga, la narradora de esta novela no sea más que un instrumento de Edwards Bello, una excusa y un pretexto para diseccionar su época, “vista en su entraña”, como él afirma. Edwards Bello era como un outsider, un crítico de su propia clase social, clase que conocía al revés y al derecho, y al volverse escritor, alejado de los cánones que le exigía su clase podía describirla con crudeza. 

            Ambientada en los primeros lustros del siglo pasado la narradora nos relata las precariedades de su vida, la vida de una aristócrata caída en desgracia, obligada a vivir en una pequeña casa en un barrio pobre del sur de Santiago. Sin embargo, Teresa no se resigna a perder los privilegios de su clase y trata, con orgullo y decencia, incansablemente de relacionarse y ser aceptada por esa clase “vinosa” de nuestro país, clase que ella por apellido pertenece: esa fronda que la ausculta constantemente y cuando puede la desprecia. Está enamorada de un diplomático extranjero, y busca la forma de conquistarlo. La narradora vive con su padre, un aristócrata de un pasado auspicioso, caído en la ruina por malos negocios. El hombre yace enfermo, postrado en su cama. La fiel sirvienta vive con ellos, condenada a una vida más precaria aún que la de sus patrones. Rubilinda es un personaje, digamos, arquetipo de nuestra historia social. Siempre fiel a sus “amos”, ejerce una fidelidad a toda prueba, en las duras y en las maduras. Sirvientas de familias en algún momento acomodadas pero caídas en desgracia que se mantienen en sus trabajos incluso en ocasiones sin recibir paga. 

            Teresa nos presenta en esta novela la vida y los lugares que frecuentaba la clase alta de Santiago; el hotel Crillón, el Lido, el Club de la Unión; ese Santiago con límites geográficos bien definidos, donde los más ricos viven en el centro, en palacios y casas grandes. Más allá de Providencia no hay más que campo y grillos cantando en la noche. Sí, se aprecia en la prosa de Edwards Bello una lírica innegable, además de un manejo diestro del lenguaje, de la jerga del pueblo, y una representación fidedigna de nuestras costumbres que vienen desde los orígenes de la República, incluso desde la Colonia. 

            También la narradora nos lleva a Viña del Mar, viajando en tren desde la Estación Mapocho haciendo transbordo en Llay-Llay. El romanticismo del tren, con sus vagones de primera, segunda y tercera clase; esas clases sociales aun más marcadas hasta la mitad el siglo veinte; nos pinta con gracia el mundo del casino y las carreras de caballos en la ciudad jardín.

            Y finalmente nos da unas pequeñas pinceladas del sur profundo; de las grandes haciendas y de los conflictos políticos y sociales del mundo rural.

            Pero no todo es hiel para Teresa Iturrigorriaga en esta novela. El destino la espera con grandes obsequios tanto materiales como amorosos. Eso lo dejaremos para que el futuro lector o lectora de esta entretenida novela lo descubra personalmente.

            Es muy probable que Maite Alberdi haya leído esta obra antes de dirigir la película “El lugar de la otra”; pues el personaje principal de la cinta oscila entre dos mundos paralelos, pero en las antípodas, tal como zigzaguea Teresa Iturrigorriaga entre la pobreza y la opulencia en esta novela.  

Joaquín Edwards Bello fue un prolífico escritor, además de novelista fue periodista, cronista, cuentista, poeta y ensayista. Publicó alrededor de treinta títulos en estos géneros. Ganador del Premio Nacional de Literatura y del Premio Nacional de Periodismo. Sin lugar a duda, la primera mitad del siglo veinte fue un campo fértil desde donde surgieron grandes escritores. Además de Edwards Bello destacamos a María Luisa Bombal, Salvador Reyes, Fernando Alegría, Manuel Rojas, Augusto D’Halmar y Francisco Coloane.

Citadini

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