Mensajes tipo telegrama

Hace dos días me escribió por WhatsApp la Taty, una sobrina que vive en Santiago, a quien veo tarde mal y nunca, y la conversación transcurrió así:

Taty:      Hola, tía. Vamos mañana a San Felipe y queremos pasar a verla.

Yo:          Hola, ¿a qué hora vienen?

Taty:      En la tarde estaríamos en su casa, después de almuerzo.

Yo:          Nos vemos. Chao.

Taty:      Chao, tía, un abracito, cuídese.

Transcribo la conversación para que juzgue usted señor lector, si lo mío fueron mensajes tipo telegrama. ¿Qué más podía agregar? Déjenme avisarle a la banda municipal para que los reciba con música y a la alcaldesa para que tire una alfombra roja a su llegada. ¿Qué esperaban?, ¿acaso uno debe escribir más largo por Whatsapp?

Cuando llegó con toda su prole, venían con cara de estar entrando a la casa del terror. Les pregunté si les pasaba algo y mi sobrina me dijo que estuvieron a punto de no pasar porque yo fui “tan cortante”. Ella pensó que yo estaba enojada. 

—¿Y enojada por qué? —le pregunté. 

—Porque usted nos respondió con telegramas. 

—Pero, si yo escribo así, pue’, niña. Harto que me cuesta teclear en un espacio tan chico y quieren que les relate la última teleserie.

Estos niños hablan de telegramas como si los hubieran conocido. Uno iba a la oficina que está al ladito de la que en ese entonces fuera la Hosteria San Felipe, que hoy es hotel. En esa oficina uno le daba el mensaje a la asistente, para que lo enviaran vía telegrama a otra parte de Chile. El mensaje debía ser corto porque se cobraba por carácter, es decir: si uno escribía: “Abuela está enferma”, a las 17 letras se sumaban los dos espacios que las separaban y daba un total de 19 caracteres. No me acuerdo cuánto costaba cada carácter, pero calculo que ese mensaje tan simple podía salir más de cuatro mil pesos actuales, así que ni soñar con agregarles puntos y comas.

Para enviar mensajes largos estaban las cartas, que eran para que ustedes me entiendan, como los correos electrónicos, y había una manera correcta de escribirlas que incluso a uno se lo enseñaban en el colegio. Yo no sé si hoy en día a los niños les enseñarán a escribir correos, espero que lo hagan, pues aunque haya más tecnología la formalidad no debe perderse.

En resumen, si usted quería escribir a una amiga en Pichilemu para contarle cómo transcurría su vida, le mandaba una carta. Ella la recibía entre una y dos semanas después, y si ella le contestaba la carta, el mismo tiempo se iba a tardar en llegar esta última a su domicilio. Enviar una carta saldría unos $400 de hoy. Si usted quería dar un mensaje urgente, mandaba un telegrama, y pagaba más caro, porque la urgencia lo ameritaba.

Caso aparte eran las estampillas de correos que se ponían en los sobres de las cartas. Había algunas tan bonitas que se coleccionaban, y eso, el coleccionar estampillas se llama filatelia; para que usted lo sepa.

Mi sobrina me reclamó que no le envié ni un emoticón en mis mensajes. Primero, no les encuentro mucha gracia, y segundo, nunca me acuerdo dónde están. Para entusiasmarme me mostró otros que se llaman estiquer o algo así, y me dijo que esos se podían agregar al teléfono si a uno le gustaban. 

—¿Se coleccionan? —le pregunté para entender. 

—Exactamente, tía. Esta es mi colección de estiquers —dijo ella.

Y por eso me acordé de la filatelia. Cambia la tecnología, cambian los medios, pero los gustos humanos parece que se mantienen.

Hasta pronto.