Lee aunque te estés ahogando

Hace un par de días, una amiga escritora publicó en su Facebook una imagen de una estatua ubicada en Finlandia, cuyo nombre es “Lee aunque te estés ahogando” (que aparece en la imagen de esta columna). Me detuve un par de minutos a observarla, porque me tocó una fibra muy profunda. De inmediato pensé en cuántas veces la lectura me ha salvado, y de qué me ha salvado.

Leo por placer, por curiosidad, para informarme, para aprender, y también cuando me he estado ahogando. En momentos de alta carga de trabajo, donde me he sumido en un proyecto que me exige pasar muchas horas frente al computador, necesito arrancarme a leer un momento. Recuerdo que hace algunos años estaba terminando un libro que escribía por encargo de una organización, y cuando me quedaban dos semanas para enviar el manuscrito a la imprenta, me leí dos novelas de Pablo Simonetti. Dejaba el notebook encendido y me tiraba en la cama a leer veinte minutos, media hora, a veces más; era mi escape, mi placer culpable.

Cuando era pequeña muchas veces experimentaba una sensación de tedio: el ambiente abúlico de un feriado o de un domingo por la tarde me generaba unas emociones y sensaciones desagradables: aburrimiento, y decepción por haber ansiado ese día libre y que ahora fuese tan monótono, incluso de malestar físico, como si la falta de movimiento ambiental me contagiara. Ahí recurría a un libro. No siempre tenía uno nuevo para leer, y así fue como releí tantas veces las distintas historias de Papelucho, El niño que enloqueció de amor, Las aventuras de Tom Saywer, Mujercitas, Hombrecitos, y mi favorito, Papaíto piernas largas.

Desde esa época que un libro me salvaba de la monotonía que implicaba el largo camino hacia Santiago o Viña del Mar; largo, porque a esa edad el tiempo se percibe más lento. Y esa costumbre la mantengo hasta el día de hoy cuando viajo sola, o cuando debo esperar en una oficina.

También en ese tiempo un libro me salvaba de las clases aburridas. Apoyado entre la repisa inferior del banco y mis piernas, me permitía zafarme de esas horas interminables, hasta que alguna astuta profesora se daba cuenta y me lo quitaba.

Indudablemente los libros me han salvado de las emociones que me provocara el desamor en otro tiempo, de la pena, de la rabia, de la frustración… ¡Qué placer más grande cuando me he estado ahogando, el de sumergirme en una historia que no es la mía! Abrir las páginas y sintonizar esa pantalla interna donde aparecen los escenarios, y los personajes, con sus rasgos faciales, con sus movimientos, con su ropa; quizás no son los mismos que imaginó el autor, pero esas imágenes son mías, y muchas de ellas me siguen acompañando como parte de mi imaginario.

Y si se trata de confesiones, los libros hasta me han salvado de conversaciones con gente con quien no quería compartir en un espacio público.

Julieta Salinas Apablaza

Escritora

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