A continuación compartimos el cuento ganador del concurso Mitos y Leyendas del Valle de Aconcagua, realizado en el marco de la Primera Feria del Libro Voces de Akunkawua. Su autor es Álvaro Arancibia. ¡Los invitamos a disfrutar de esta historia!
En los valles secos del Norte Chico, donde el viento arrastraba el polvo salino desde el desierto y las montañas parecen gigantes enterrados bajo las rocas, todavía quedaban pueblos que no aparecen en los mapas. Lugares donde las cabras desaparecen sin dejar huellas, donde los perros aúllan mirando cerros vacíos y donde las viejas se persignan al escuchar truenos en días de verano. En uno de esos pueblos vivía Baltazar Rojas, un curandero conocido entre los pirquineros como “el Brujo de los Esteros”. Decían que podía fácilmente encontrar agua golpeando la tierra con una vara de espino o chañar. Otros aseguraban haberlo visto hablar solo en lenguas antiguas frente a una fogata de color azul.
Pero el secreto más oscuro de Baltazar no era su oficio, era su hijo. Aquel niño nació durante una madrugada sin estrellas, mientras un pequeño temblor hacía crujir las paredes de adobe y los palos que formaban el techo de esa vieja casa. La partera gritó apenas vio marcas en el pecho del bebé, además de que venía envuelto en sangre negra y una especie de tela o cuero gris arrugado y áspero. Tenía nueve manchas color rojo, perfectamente alineadas en una especie de círculo, como si hubiesen sido dibujadas por dedos que quemaban la piel: eran símbolos enterrados bajo la carne, casi latiendo suavemente.
La partera abandonó la casa llorando, con una expresión de desagrado y horror.
—Ese niño no pertenece aquí —dijo antes de irse—. Estoy segura de que esto lo soñé antes de verlo.
Baltazar no respondió de la impresión. Tomó al recién nacido y observó las manchas con verdadero terror; él las conocía, las había visto en dibujos de hace siglos, en un manuscrito profético escondido cerca de una iglesia de Salamanca. Se decía que estaba escrito con sangre seca y cenizas de muertos, con algún colorante misterioso extra. Aquellos símbolos eran buscados por muchas sectas desde hace siglos; desde los jesuitas hasta los nazis, todos creían que las marcas originales estarían talladas en alguna mítica roca, u ocultas secretamente con juegos de palabras en algún libro enterrado en un campo cualquiera. El curandero quería creer que las manchas de su hijo no tenían nada que ver con la profecía de “Los Nueve Durmientes”.
Aquel niño fue llamado Arturo. Durante sus primeros meses de vida, ocurrían fenómenos paranormales en aquella antigua casa, incluso hasta el perro del hogar le temía al bebé. Cuando su madre, Clara, lo paseaba cerca de animales de granja, estos se asustaban o emitían algún tipo de ruido debido a la incomodidad.
Baltazar había hecho muchos rituales y hechizos de magia negra durante su vida, ya sea por un destino escrito o las medidas drásticas que se deben tomar a veces en esta realidad. Pero tenía muy claro que ese niño no podía crecer en aquel pueblito; la gente siempre hablaba mal de todos y se metían en las vidas ajenas… si supieran que nació aquel niño en ese hogar, lo quemarían en una hoguera.
Baltazar recordó que tenía parientes que vivían en la zona central, pero muy lejos de todo el mundo entre las montañas cordilleranas. No dudó en preguntarle a un viejo y confiable amigo arriero si es que podía hacerle un pequeño favor. Aquel fiel compañero sin dudar aceptó la petición por un par de monedas de plata: llevar al niño a un par de días más al sur, hasta un campo situado a los pies de la cordillera en la quinta región.
La travesía no podía hacerse en aquellos primeros trenes a vapor ingleses que subían cerros, puesto que no podía exponer a su hijo de ninguna manera al público. Una pareja de ancianos —quienes habían perdido a sus hijos por una enfermedad— adoptarían al niño, por lo que el pequeño Arturo no quedaría solo, pero sí estaría aislado del mundo, de las voces y miradas malintencionadas de los pueblerinos.
Producto de las carencias y traumas, sumada a la situación económica de aquella avejentada pareja, nunca le dieron buenos cuidados a su hijo adoptivo. En vez de comprender sus demandas de infante manifestadas en llantos, preferían enviarlo a dormir con los cerdos y maltratarlo. No conocía los zapatos y le alimentaban con las mismas sobras que les daban a los animales. Mientras crecía, aquellos daños y actos de indiferencia por parte de los ancianos hacían que el joven se aislara cada vez más. Vivió bajo el mismo escenario durante todas sus etapas de desarrollo; desde sus primeros pasos hasta su adolescencia, nunca recibió afecto ni educación. Pero entre todo lo malo, disfrutaba perderse entre las lejanas montañas y valles durante horas y, a veces, días enteros… era, en cierta forma, un hombre más libre que cualquier habitante de alguna ciudad.
Adentrado en la soledad de la cordillera, donde solo el viento habla contigo, el joven Arturo curioseaba e intentaba comprender su entorno a través de las rocas y vegetación presente en el paisaje. Pescaba truchas en los fríos ríos y sabía cazar conejos. Estaba obligado a trabajar en el cuidado de ganado; ya sea con vacas o buscando a las cabras sueltas en los cerros, siempre montando su fiel caballo. Pero entre toda la quietud de aquel inhóspito lugar, cada tanto tiempo Arturo sufría de ardor en su pecho, haciéndolo gritar de dolor mientras se sobaba justo donde tenía las marcas de nacimiento. Le pasaba cada cierta cantidad de lunas llenas.
A sus quince años comenzaron los sueños y las pesadillas, acompañados de oraciones en un idioma indígena antiguo que decía mientras dormía. Despertaba con ardores insoportables en su pecho; intentaban rezarle junto a un rosario, pero eso parecía dolerle aún más. Soñaba constantemente con una montaña, con una oscuridad cavernosa, luces de formas extrañas… símbolos y círculos. Despertaba siempre transpirado y con su nariz sangrando.
Arturo creció en esa misma dinámica hasta ser un adulto, pero a pesar de que su vida solo se limitó a la crianza de animales y la montaña, siempre sintió gran atracción por lo desconocido; por lo inexplicable. Siempre quiso saber por qué ciertas noches una cumbre en específico se llenaba de luces, las cuales subían y bajaban a velocidades increíbles por el cielo. Destellos de colores inexplicables que llenaban las noches cordilleranas cuando ni siquiera había tormenta; él siempre quería ir a explorar lo más cerca posible del lugar donde ocurrían los hechos paranormales, además de que era su única escapada a sus tristes orígenes.
¿Qué ocurrirá después? Muy pronto compartiremos la segunda parte de este relato. ¡Manténganse atentos!
