Hace unos pocos días cuando hablaba con mi hija mayor y me contaba que pronto mis nietas retornarían a clases, después de unas agitadas y divertidas vacaciones; recordé una historia que narré hace algunos años en un muro de Facebook, cuando invitaron a contar anécdotas estudiantiles; entusiasmado en aquella ocasión, relaté la siguiente historia, real por lo demás y acaecida en mi querido IAC, donde estudie desde Kinder a 4° Medio, teniendo como educadores a Monjas colombianas en la Enseñanza Básica y a Religiosos canadienses en la Enseñanza Media, pertenecientes ambos a diferentes órdenes religiosas católicas.
Corría la primavera de 1967 aproximadamente…cuando a la salida del colegio, que en esos años, su acceso principal solía ser por calle Freire… tuvimos con un par de compañeros de curso, «la genial idea» de jugar con la suspensión de una Citroneta que se encontraba estacionada frente al colegio y disfrutar del «sube y baja», encaramados en el parachoques posterior del auto… ¡¡¡Tratando de que este tocará el pavimento!!! Nos encontrábamos en «tan divertida situación»… cuando aparece el dueño de la Citroneta. Mis amigos, al verlo… se dan a la fuga en precipitada carrera… pero yo no alcancé… el señor, de muy alta estatura, me tomó por la chaqueta y me llevó a empujones ante una de las monjas que estaba como portera en la entrada. Ante tal alboroto aparecieron otras monjitas y luego de una breve discusión… deciden conducirme ante «La Santa Inquisición»… ¡¡¡la madre superiora!!! El señor alegaba que en el porta maletas de «la citrola», había un balón de gas y que este podría haber explotado… luego de unos cortos alegatos y nada en favor de mi defensa, la sentencia fue dada; sería conducido «al cuarto obscuro», a compartir con «los diablos, demonios y todos los cucos» que allí se encontraban, por la maldad realizada.
Cabe señalar también que en aquellos años los métodos disciplinarios distaban mucho a los de hoy día. Algunos consistían en poner los dedos al borde de un mesón para ser golpeados con reglas de madera; en otros casos, nos afirmaban nuestras muñecas y te pedían que relajaras las manos para ser golpeados los dedos al filo del pupitre, de lo contrario, al empuñar la mano, el golpe en los nudillos solía ser más doloroso. También sufríamos golpes en la espalda a la altura de uno de los pulmones, con el puño y un dedo en punta… que cortaban la respiración por algunos segundos. Entre los castigos más benévolos estaban: el pararte en una esquina de la clase y de espalda a los alumnos; y por supuesto… el típico «coscacho», por reírte en un momento no adecuado, como en misa, por ejemplo; o mal parado en la fila, o por lo que se le ocurriera a «la madrecita». Casi todos los castigos en alguna oportunidad los experimenté, a pesar de parecer tener «cara de niño bueno»… y que fueron en respuesta a las travesuras típicas de la edad; aunque por cierto, en esto me la ganaban otros compañeros.
Luego de la sentencia entré en pánico… y fui arrastrado literalmente de orejas, manos y pies, hasta la residencia de éstas… una antigua casona que daba hacia calle Toro Mazote; con patio a modo de jardín central, rodeado de pasillos con un piso de un rojo obscuro brillante y de delgados pilares a sus costados. No les fue fácil llevarme ante mi determinada resistencia desde la Oficina de la Dirección, ubicada cerca del pasillo de la entrada del colegio, atravesando todo el patio principal, que en ese momento estaba casi vacío… pero entre todas, cinco para ser exacto… finalmente lo lograron y en ese forcejeo fui empujado de espalda, hacia lo que luego yo llamé… «el calabozo»; por lo que no logré ver en su momento las condiciones del mismo, ni los anunciados demonios que allí habitaban. Una vez cerradas las delgadas puertas y escuchar el sonido del cerrojo… recuerdo haber roto en llanto. Poco a poco me fui tranquilizando… no había de otra y comencé a tramar estrategias para enfrentarme a tales demonios… no se veía nada, solo una tenue luz que entraba por el filo inferior de la puerta, pero insuficiente para ver algo… mi corazón latía a mil por hora… mi mente y cuerpo, alerta esperando el primer ataque… pero nada… me parecía una eternidad… y estoicamente aguantaba. Después de mucho, mucho tiempo, escuché voces que se acercaban cada vez más, luego silencio, nuevamente el sonido del cerrojo y finalmente se abrió la puerta… apenas podía ver por la intensidad de la luz… pero en mi ceguera temporal, reconocí la silueta de mis padres… inmediatamente giré mi cabeza y descubrí que se trataba de una pequeña habitación… y entre alivio y decepción… vi que habían ¡¡¡baldes, escobas y traperos!!!
El retorno a casa en el Jeep de mi padre fue en absoluto silencio… como lo fue también el almuerzo, ya que al ingresar el Jeep al terreno a través del portón de madera ubicado al lado de un gran álamo… vi a casi todos mis hermanos y hermanas como formados bajo la buganvilia en la entrada principal de la casa y al bajar yo de este, observé que unos me miraban como con el ceño fruncido y con una mirada expectante, entre curiosa e inquisidora, y al ver ellos que estaba en buenas condiciones… corrieron hacia el interior de la casa, no sé si por temor a mis padres a ser retados por no estar almorzando o si escapaban del «malandro» que venía llegando. Fue un almuerzo incómodo, con risas nerviosas de mis hermanos y hermanas por no saber aún el motivo y resultado de tamaña travesura.
Desde ese día dejé de temerle a la obscuridad, la soledad y también en cierta forma, a cuestionarlo todo… incluso la religión!!!
Claudio Arzani Anders- Quito – febrero, 2026

