La creatividad, la empatía y otras cualidades humanas en tiempos de la IA

Hoy fui a Los Andes y al pasar por afuera de un banco vi una publicidad donde aparecía una familia, y pensé, ¿serán personas reales o un producto de la IA? Continué caminando absorta en mis pensamientos. Recordaba que cuando los de mi generación éramos pequeños, los adultos nos enseñaban que lo que aparecía en televisión no era real. Nos advertían que las personas eran actores, e incluso que en las publicidades de comida utilizaban elementos falsos para simular un sándwich realmente apetitoso, o una bebida de utilería que lograra disparar la sensación de sed. No obstante, el símil entre las mentiras de los medios de aquella y de esta época, hay una gran diferencia: el uso de la creatividad. Antiguamente existían equipos de personas encargados de buscar, fabricar, y recrear maquetas que simularan escenarios y objetos. Hoy basta con dar un par de instrucciones a una IA generativa, ni siquiera correctamente escritas, y se obtiene un resultado gráfico.

Y así caminando y pensando, llegué hasta mi destino, la barbería donde mi hijo adolescente cambia su look cada mes desde hace prácticamente un año. Él pone su cabeza en manos del barbero, un joven que no debe pasar de los 25 años, con la confianza que se tiene cuando uno sabe que un profesional sabe hacer su trabajo. No es fácil ganarse la confianza de mi hijo; y la mía tampoco. Y si me doy el tiempo de viajar a la ciudad vecina para que acuda a esa barbería al salir del colegio, justo a la hora en que se activa el cocodrilo que vive en el estómago, es precisamente porque él es uno de esos profesionales difíciles de encontrar. Sabe qué hacer con cada tipo de pelo. Aconseja a sus clientes, les explica cómo lucirá una determinada técnica en sus cabezas. Yo leo mientras espero, pero también lo observo trabajar. Va haciendo su labor con gran seguridad, sin apuros, paso a paso. A veces nos toca esperar a un par de clientes que llegaron antes que nosotros, y eso significa que estaremos más de una hora, sumada a los 30 o 40 minutos con el look de mi hijo. En tanto entretengo a mi cocodrilo con una barra de chocolate, pero vale la pena. En esta época donde exigimos inmediatez en todo, hay situaciones en que el apuro es la variable que hay que sacar de la ecuación cuando se espera un óptimo resultado. En menos de 10 minutos se puede crear desde cero una publicidad con IA, sin embargo, el resultado es genérico. Al primer golpe de vista se capta un formato similar en publicidades de venta de empanadas, de neumáticos, de servicios estéticos, en fin. Hoy al pasar por afuera del banco no noté ese formato, sin embargo, un trabajo con IA donde hay un ojo clínico de un diseñador gráfico, modificando y agregando elementos de forma manual, es de mayor calidad; y eso toma más tiempo que crear una publicidad genérica.

Otro elemento diferenciador del joven barbero es su trato con los clientes, el cual advertí desde la primera vez que estuvimos ahí, al observarlo y al oír sus diálogos al atender a un par de clientes. Cuando llegó el turno de mi hijo, le preguntó qué se haría, le explicó los cortes adecuados a su tipo de pelo, y le dio opciones considerando que el cambio no fuese tan abrupto. Luego le preguntó, “En esta zona ¿te rasuro al 1 o al 0?”, y al darse cuenta de que el chico no tenía la más remota idea de qué era aquello, le mostró la rasuradora, y le explicó cuál sería la diferencia en el resultado. Siempre le pregunta qué se hará esta vez, y vuelve a darle opciones adecuadas a su pelo y le explica por qué algunos cortes no le quedarían bien; y lo mismo veo que hace con los demás clientes. También adapta sus conversaciones e incluso la música ambiental dependiendo del rango etario de quienes se encuentren en el salón. Yo soy la ñora extinta metida en una barbería donde el público es mayoritariamente juvenil, pero también he coincidido con personas quienes, como yo, acompañan a sus retoños. Y asimismo lo he visto interactuar con los proveedores que vienen a entregarle productos.

Pensando en la empatía y capacidad de adaptación recordé una conversación con una amiga, con quien constatamos que ChatGPT se adecúa a nuestra personalidad; lo cual corroboré aún más con una respuesta que le dio a mi hijo (el mismo de los looks cambiantes). A mi amiga, quien siempre vela por el bienestar de todos, su IA la ha mandado a descansar, recomendándole que siga estudiando al día siguiente. A la mía le pido: “organiza esta información”, y me explica por qué la va a ordenar de esa forma; actuando como yo, que necesito argumentar cada cosa que hago, y a mi hijo, corrigiéndole unos ejercicios de matemáticas, le indicó que un resultado estaba mal, y luego le dijo “disculpa, calculé mal” y le lanzó una broma inocente; adecuándose a la forma de ser de mi hijo. 

Una persona empática nos genera confianza, una IA que ya nos leyó también, pero esto último es muy peligroso. En la interacción humana sabemos que la otra persona puede caernos bien, pero que discreparemos en algunas o en muchas cosas; y esto mismo debemos tener en cuenta al usar la IA. No siempre nos da un resultado preciso, no siempre nos entrega información fidedigna, y como no tiene un criterio propio, siempre nos dará la razón; a diferencia de un humano bien intencionado y con juicio crítico que nos puede mostrar algo en que estamos equivocados. Imagino a ChatGPT cortando el pelo y tras un resultado horroroso, disculparse: “Tienes razón al decirme que tu cabeza luce como una palmera. Te sugiero usar un sombrero que además te protegerá de los rayos UV.”

Esperando, me puse a hojear unas revistas sobre barbería que estaban en el asiento y me entretuve leyendo unas entrevistas. Las revistas de papel couché a todo color tenían muy buena presentación, sin embargo, en algunas entrevistas noté que faltaban algunas comas y puntos aparte. Un defecto de mi práctica como editora, veo esos detalles en todos lados, y pensé, “el entrevistador debe haberle enviado las preguntas por escrito a los participantes y tras responderlas, no hubo un proceso de edición minucioso”, pero aquellas faltas no distorsionaban la información; las historias eran bastante atractivas, algunas muy inspiradoras, tanto así que leí las dos revistas completas. Pero, como la IA se ha tomado todos los espacios, encontré un artículo que hablaba sobre un evento que, de inicio a fin estaba escrito por una IA. Así como veo las comas y puntos faltantes, también advierto la típica estructura: no es esto, es lo otro; una lista de adjetivos y palabras que suenan bonitas pero que no dicen nada (a lo Cantiflas moderno) y párrafos cortos, para que el lector no se canse (a mí me cansa leer ese tipo de artículos). En ese momento agradecí haber notado las comas y puntos faltantes de las entrevistas: daban cuenta de que habían sido escritas por humanos, y por ese motivo generaban atracción, a diferencia del artículo escrito por la IA que se tornaba más de lo mismo y me hacía perder el hilo conductor. Una entrevista ortográficamente imperfecta, cuyo contenido es profundo, posee muchísimo más valor, que un texto vacío escrito por una IA.

Es un hecho de que la IA llegó para quedarse, y de que podemos obtener grandes beneficios de su uso. Nos permite optimizar tiempo en tareas repetitivas o en búsqueda de información, pero de nosotros depende el uso que le demos. Cuando se usa para obtener un producto final: un artículo, o una publicidad de esas que abundan en las RRSS, se nota. La diferencia en la calidad del resultado es análoga a la comparación entre unas papas fritas de local de cadena versus las papas fritas hechas en casa.

Y otra cosa que me preocupa, más que los resultados, es ¿dónde quedará nuestra creatividad si dejamos todo en manos de una IA generativa? ¿qué pasará si dejamos de ejercitar el pensamiento divergente, la flexibilidad, la atención y el esfuerzo que se debe sostener para obtener un producto? ¿dejaremos también de ser capaces de aprender a través del ensayo y error?, ¿se atrofiarán nuestras conexiones neuronales?

Las personas de mi generación podrán recordar que cuando recién se masificaron los locales de comida chatarra en el país, la mayoría continuaba prefiriendo las papas fritas caseras, y después de varias décadas, si bien notamos la diferencia, las consumimos igual, pues ya nos habituamos a su sabor. Los más jóvenes nacieron con esas papas fritas plásticas. Del mismo modo, llegará el momento en que nos habituaremos a los anuncios genéricos de IA, a los textos con su estructura tan singular, y a las “fotografías” donde nunca se fotografió a alguien. Así también seremos cada vez más persuadidos por las IAs, con su capacidad de adaptación, para que a les pidamos consejos de todo tipo, sin cuestionarlos y sin que ellas con su condescendencia cuestionen nuestras ideas, ¿nos enfrentaremos a un colapso en la generación de conocimiento nuevo a nivel individual, que afectará en lo macro?

Imagino recorrer una ciudad llena de anuncios publicitarios mostrando personas que en realidad no existen, y de tanta habituación, creamos que son reales… Me parece una imagen distópica un tanto siniestra. ¿Estaremos ya habitando esas ciudades?

Julieta Salinas Apablaza

Escritora

Fuente imagen: visualled.com

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