En mi último viaje a Santiago la situación fue más o menos la misma que en el anterior. A mi lado me toca un muchacho de no más de veinte, con su pelo mayormente cortado al rape y una ramada descuidada en la mollera. Su celular a todo volumen escuchando un batiburrillo de cosas en youtube: relatos de goles, discursos políticos, pedazos de canciones con voces inentendibles, fragmentos de stand-up comedies, en fin. Mi tolerancia dura hasta cruzar el Puente el Rey. En la enorme pared de concreto de la nueva carretera leo en grandes letras, ARMATE. Tomando la recta hacia Rinconada mi malestar aumenta. ¿Le digo algo, o no le digo? ¿Cómo va a reaccionar?, ¿me irá a echar unas chuchadas?, ¿sacará una quisca y me la enterrará en la guata? Cada cierto tiempo le doy una mirada furtiva, tratando de darle un mensaje telepático que diga: “podí bajarle el volumen a esa…” o “apaga esa …, …”; pero el joven ni se inmuta y sigue con su celular a concho escuchando un gol de la selección. Al poco tiempo no soporto el ruido, me armo de valor y le digo como un caballero: “podrías bajar un poco el volumen de tu teléfono por favor”, el muchacho me da una mirada gélida y aprieta algo en el costado de su teléfono, siento algo de satisfacción, pero en breve sigo escuchando su popurrí de cosas al mismo volumen. Me doró la píldora, pienso, jodí no más. No me queda otra que la guerra mental. Empiezo a mandarle mensajes telepáticos, “duérmete…, quédate dormido…, a qué hora te vai a dormir…” Pasando frente al Casino Enjoy gano la batalla, el susodicho apaga el teléfono y duerme como un oso hasta llegar a Santiago. En la capital hago mis trámites, almuerzo con un profesor de mi alma mater, y por la tarde nos tomamos unas chelas con un amigo del colegio. De vuelta, el universo se apiada de mí y, a pesar de que el bus está lleno, el asiento del lado queda desocupado. Puedo descansar y dormir a piacere.
Está anécdota sirve sólo como introducción al tema que me preocupa que dice relación con el tamaño de los discos PARE. Creo que los discos PARE debieran tener mayores dimensiones, pues en muchas esquinas hay obstáculos que los pueden tapar, como vehículos grandes o ramas de árboles. Además, si fueran más grandes captarían la atención de los conductores con más facilidad. Hay esquinas en que la visibilidad es prácticamente nula, y si un conductor por A, B, C no se detuvo en el disco PARE la colisión es casi segura. Me ha tocado varias veces salvarme de conductores que se pasan los discos PARE, sólo gracias a la divina providencia. En otra ocasión, yo mismo me pasé uno porque el sol de la mañana me impidió ver los discos PARE, por suerte el auto que venía por la otra calle pasó una fracción de segundo más tarde que yo. Y sin hablar de la cantidad de badulaques que andan rajados por las calles pensando que están en un video juego; y la otra cantidad de damas y giles mirando sus teléfonos celulares.
