Siempre vienen a dejarme el gas a mi casa, pero la última vez, el crío que manejaba el camión, era nuevo y se perdió, y quería que la culpa la tuviera yo. No se daba cuenta que la tecnología en la que tanto confía, falla, y que tiene que usar la sesera de vez en cuando para escuchar instrucciones.
En ese momento yo estaba con mi sobrina nieta en la casa. Me llamó al celular una señorita y me dijo que el joven estaba afuera de mi domicilio. Salí a mirar, no vi a nadie, y se lo comuniqué. El joven le hablaba por otra línea y yo lo escuchaba, porfiaba en que estaba estacionado afuera de mi casa, y a menos que viniese en un camión invisible sería cierto. El asunto es que me pidió que le compartiera mi ubicación. Como mi sobrina nieta estaba escuchando me dijo “páseme el celular” y yo insistía en darle las instrucciones a la antigua, porque otras veces que mi sobrina ha compartido mi ubicación con el Whataspp la gente termina en los confines del universo. Parece que el dichoso aparatito no da pistas de mi casa. Se lo dije a los dos, pero, cabros tecnológicos, y lesos confían en que la tecnología lo puede solucionar todo.
Diez minutos después llamó el repartidor molesto. Salí de la casa y una cuadra más allá estaba estacionado el camión. Enojado me insistía que no veía ninguna casa con mi número, cuando yo le había dicho que no lo iba a ver, y que mirara el letrerito de un pasaje cercano para ubicarse, pero el porfiado insistió en mirar su celular, en lugar de escuchar mis indicaciones. Estaba enojado no conmigo, sino con la tecnología porque le falló.
Tuvo que darse una tremenda vuelta para acercarse a mi casa y aburrida del tiempo que me hizo perder esperándolo, no me aguanté las ganas de “sermonearlo” como dijo mi sobrina nieta. Bueno, que le sirva el sermón, porque si está de repartidor de gas, que sepa que no siempre las ubicaciones esas del mapa tecnológico le van a funcionar y que aprenda a poner atención a las instrucciones humanas: que entrene la sesera porque el celular no puede resolverle la vida.
Me puse a pensar en cuántas veces nos falla la tecnología, y los más viejos no nos inquietamos porque estamos acostumbrados a hacerlo a la antigua; buscamos otra solución, en cambio a los más jóvenes les sale humo de la cabeza cuando les fallan los aparatos.
Hace poco en una oficina la jovencita que me atendía tenía que darme unas instrucciones para un pago y no podía dar con ninguna solución porque yo andaba sin mi celular y ella debía mandarme un mensaje para verificar que yo, era yo.
-Señorita, tengo mi carnet -lo saqué de la cartera para mostrárselo.
-No me sirve. Tiene que recibir un código en su celular y ese yo lo pongo aquí en el sistema. Podría ser por correo electrónico también, pero de todas formas necesita usted su celular.
Me quedé pasmada, ahora mi carnet no sirve para nada.
-¿Y cómo no va a servir mi carnet, una firma y mi huella digital? Le pregunté indignada.
Continuó en su negación: -No, señora. Usted necesita ese código para validarlo aquí en el sistema.
Harto tonto el sistema, pensé.
Los jóvenes se creen tan inteligentes porque dominan la tecnología y no se dan cuenta que la tecnología los domina a ellos.
Hasta pronto.
