¿Y para qué sirven los psicólogos?

“Los psicólogos no sirven de nada”, “Yo no voy a gastar mi plata para que un desconocido escuche mis problemas”, “Antes con una chancla mi mamá me resolvía todos los problemas y hasta me alineaba los chakras”, son algunas frases que he leído y escuchado sobre la desvalorización del trabajo de un psicólogo.

Si usted es de los que opina así, le pregunto ¿a quién acude cuando le duele una muela? Al dentista me responderá usted, y ¿a qué profesional se dirige cuando le duele el estómago? Al doctor, por supuesto, me dirá usted. ¿Y por qué se dirige a un dentista o a un médico, en lugar de resolver sólo su problema? Quizás su madre le sacaría la muela con un cordel, y le daría un golpe en la cabeza que usted lo sintiera tan fuerte que se olvidara al instante del dolor de estómago. Sí, suena absurdo. Tan absurdo como pensar que el dolor provocado por una chancla a usted o a sus hijos les aliviará el malestar emocional.

El psicólogo realiza en su consulta lo mismo que el dentista y que el médico: primero a usted lo diagnostica para saber qué tratamiento aplicará; y luego procede. Por lo tanto, el o la psicólogo/a se dedicará a escucharlo, pero no cómo lo escucha un amigo, ni la esposa o marido, ni la abuelita, y tampoco le dirá las mismas frases bien intencionadas, pero carentes de sustento científico que le daría un cercano. El amigo le dirá “voh, dale no má”, el marido “con unas vacaciones lo arreglamos”, y la abuelita “con un tecito se le va a pasar la pena, no llore más”. Y la amiga, que quiere empoderarla y se abandera por usted: “déjalo, ese desgraciado no te merece” y juntas cantarán la canción de Paquita la del Barrio.

¿Entonces no hace bien hablar con alguien de confianza? Sí, todo lo contrario. Hace muy bien hablar, porque la manera que tenemos los seres humanos de elaborar las situaciones que nos generan conflicto e incluso trauma es a través del lenguaje. Hablarlo o escribirlo nos permite ir desenrollando esa madeja de la cual usted sólo está viendo la punta de la hebra. Sin embargo, si su malestar psíquico, llámese ánimo bajo, ansiedad, angustia, sensación de vacío, tensión constante, por mencionar algunos, persiste aun cuando usted lo ha hablado, busque ayuda profesional. Hay otros motivos también para buscar ayuda psicológica, como una mala relación con algún o todos los miembros de su familia, un miedo paralizante, o ataques de ira de los cuales luego se siente mal de protagonizar… En fin, todo aquello que le genere malestar psíquico a usted o a algún integrante de su grupo familiar.

El problema de hablarlo con alguien que no tiene la experticia para contenerlo, escucharlo o mostrarle el camino es que muchas veces es un remedio peor que la dolencia misma. “Ya, pero no llores”, en lugar de permitir que en ese espacio de confianza que se generó, la persona pueda expresar su emoción. “¿Cómo vas a estar deprimida, si tienes tantas cosas por las cuales agradecer”? Deja a la persona con la misma pena y una culpa adicional por ser “mal agradecida”. Y la amiga empoderadora terminará frustrada cuando vea que su amiga sale feliz con su pareja a tomar helados a la plaza, después de que juntas habían cantado “Ratas de dos patas” con karaoke. ¿Y por qué pasa eso último? Por tantas causas que no me detendré a detallar aquí, pero que el psicólogo detectará en su consulta para ayudarle a tomar la mejor decisión.

El rol del psicólogo es entregarle herramientas para que usted solito/a vaya desenrollando la madeja, de forma tal, que usted, de manera consciente decida si va por ese helado con su pareja o si le canta al estilo de Paquita. El psicólogo no le dirá qué hacer (que esa es otra queja que he escuchado: “No me dan ninguna solución”) porque la psicología no consiste en armarle un chaleco nuevo con ese ovillo que lleva a la consulta, sino, como ya mencioné antes, ayudarle a desenrollarlo. El terapeuta podrá mostrarle alternativas más funcionales que las que usted tenía, cómo ¿Y si en lugar de lanzar este ovillo por la ventana, nos damos un tiempo y al final sale una prenda bonita de aquí? Pero, no le tejerá el chaleco a la pinta de él.

Uno de los motivos por los cuales la gente abandona los tratamientos es que el psicólogo no sólo “no le da solución”, sino que además lo conduce a mirar esa parte que le duele o le da miedo mirar. Es más fácil salir huyendo despavorido y echarle la culpa al terapeuta antes que enfrentarse al lado menos luminoso de su psiquismo.

Otras personas tienden a solucionarlo todo con pastillas. El antidepresivo o ansiolítico que le recetaron a un pariente suyo no tiene por qué hacerle bien a usted; es más, podría ser perjudicial. Si el psicólogo detecta que usted necesita medicamentos por el motivo que sea, lo derivará a un psiquiatra o neurólogo. No todos los problemas de salud mental requieren de medicamentos; y muchos de los trastornos que sí los necesitan, requieren de psicoterapia, como la depresión, o el trastorno de ansiedad, por mencionar algunos. Pues, no basta con tomarse una pastilla para solucionar los problemas de base; y aquí cabe la analogía de la diabetes, donde debe tomarse las pastillas y seguir una dieta adecuada.

Tómese la salud mental en serio, y deje de pensar que la chancla de su madre o una pastilla le desenrollarán el ovillo que tiene en su cabeza; eso es pensamiento mágico y una forma muy simplista de abordar la salud mental. No porque una dolencia no sea visible, como una herida en la rodilla, o detectable con un scanner, no existe. 

Julieta Salinas Apablaza

Fuente imagen: clinicafisioterapialae.com

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