Una tarde de piscina jugaba con mi hijo a llevarnos a “caballito” dentro del agua. En un instante yo iba a “lapa” sobre él, y comenzó a avanzar lentamente, diciéndome que así eran los caballos, lentos. Lo hacía por bromear, para quizás exasperarme y que yo le pidiera que avanzara más rápido, sin embargo, ese avanzar lento me inspiró una gran calma y reflexioné en voz alta:
—Así de lenta era la vida en la época en que la gente se movilizaba en caballos.
—Sí, —me respondió él sin mucha emoción. Y yo continué mi soliloquio:
—Seguramente tenían más conciencia del aquí y ahora, porque además no tenían la presión que tenemos hoy de que todo sea acelerado. La vida era lenta, ¡qué agradable!
Luego me dio frío y me sumergí. El resto de la tarde me quedé experimentando el placer de la calma y me dediqué a pensar en esto. Quizás usted, querido lector, estará pensando que yo iba a caballito sobre un niño de 4 años. No, mi hijo es adolescente y me sobrepasa por al menos 15 centímetros de estatura.
Reflexioné en que la percepción del mundo que cada uno de nosotros tiene está dada en gran medida por nuestras experiencias previas y actuales, y en esto, el contexto cultural: el lugar que habitamos, y la época histórica donde nos encontramos, tiene sin duda una gran influencia.
A nuestra época yo la denominaría, la época de la exigencia de lo inmediato, la que en mi imaginario se inauguró a viva voz en nuestro país, con el requerimiento del compatriota que quería su “cuarto de libra con queso” a las 08:05 de la mañana en un local de comida rápida; hecho que fue noticia en el 2010, y que parecía una escena sacada de la película Un día de furia, protagonizada por Michael Douglas. Desde ahí en adelante, es como si alguien hubiese cambiado el botón de play en que trascurría la vida, por el de avanzar rápido.
Si pensamos en la inmediatez con la que todo trascurre, versus la lentitud de las épocas anteriores, las ventajas parecen obvias: acortamos tiempo no sólo para trasladarnos, sino para comunicarnos con otros, para recibir noticias que ocurren al otro lado del globo, de forma casi instantánea. En cuestión de minutos pagamos las cuentas de servicios básicos y transferimos dinero. Compramos en línea y a los pocos días u horas recibimos el pedido en nuestra casa, por mencionar algunos beneficios. Sin embargo, siempre nos falta tiempo. ¿Y por qué si ocupamos menos tiempo en tareas que antes tardaban meses o años (piense usted en las cartas que viajaban por barco) por qué siempre nos falta tiempo?
El botón avanzar rápido no está puesto sólo sobre la tecnología, sino sobre nosotros mismos. Nos sumimos en una loca carrera por volvernos multifuncionales y hacer tantas cosas, como si aquello que antes podíamos meter en tres vidas, ahora debemos hacerlo todo en una sola. La causa de esto no es sólo la tecnología, es multifactorial, y me detendré solo en dos de ellas.
Tenemos tanta información de cómo debiese ser una vida plena que terminamos exigiéndonos realizar todas esas actividades: tener un trabajo satisfactorio, ir al gimnasio, compartir tiempo de calidad con la familia, ocupar el tiempo libre en estudiar, etc., como los nuevos mandatos de esta época, sin considerar si una u otra actividad coincide con nuestro estilo de vida real, e incluso con lo que realmente queremos.
Otra causa es que nos “dopaminamos”, término nuevo que acabo de inventar para que en pocas palabras usted me entienda la idea: la oleada de dopamina que genera nuestro cerebro ante el uso de la tecnología nos lleva a exigir en nuestra vida que todo fluya rapidito, como si el eslogan de esta época fuese: ¡Corramos! No importa a dónde.
Y en esa carrera frenética nos volvemos el sujeto del cuarto de libra, exigiendo que me respondan de inmediato; que me envíen el correo ¡ahora!, que me contesten lo que pregunté por Whatsapp, y ahí hasta nos volvemos suspicaces: “No me responde y está en línea.” Acusamos, pensamos, sobre pensamos, buscando una respuesta. A veces exclamamos horrorizados: “No tengo conexión” o “¡se cayó el sistema!”, como si de ese sistema dependiera el devenir del mundo. Y en el mundo no digital presionamos la bocina del auto, para apurar el tráfico. Nos exasperamos ante una larga fila del supermercado reclamando ¿no pueden abrir más cajas? Cancelamos un servicio de Uber porque tardará 10 minutos: ¡Uf, 10 minutos! una vida completa.
Y con todo ese frenesí usted ya no está liberando dopamina, sino cortisol, porque está generando una respuesta de estrés cada vez que no le entregan su cuarto de libra. Guárdese el estrés para ir a apagar un incendio, que ahí sí es útil, pero no para apurar el tráfico tocando la bocina y maldiciendo, porque quiéralo o no, que el tráfico avance no depende de usted.
Le invito a reflexionar ¿En qué áreas de su vida usted exige su “cuarto de libra”? Haga una lista y separe lo que sí depende de usted y lo que no. Relea lo que sí depende de usted y piense de qué otras maneras, podría llegar al resultado saltándose la cuota de cortisol. Con respecto a lo que no depende de usted, grábeselo: “No depende de mí”, y así la próxima vez que esté sumido en un taco, puede preguntarse retóricamente si ese nivel de cortisol que a usted no le hace bien, ayudará a que la fila de autos avance.

Julieta Salinas Apablaza
Escritora
