Estigmas del elegido_Parte 2

Segunda parte y final del cuento de Álvaro Arancibia, ganador del concurso Mitos y Leyendas del Valle de Aconcagua, realizado en el marco de la Primera Feria del Libro Voces de Akunkawua. Si no aún has leído la primera parte, pincha aquí.

Una jornada cualquiera, mientras Arturo arreaba el ganado de sus padres adoptivos, sintió una corazonada fuerte como nunca antes, pero no era un sentimiento o un pensamiento intuitivo cualquiera, era algo diferente. Antes de una tormenta eléctrica que se avecinaba, sintió la necesidad de observar directo hacia el este, hasta que vio entre unas montañas cercanas cómo un rayo anómalo —con forma de espiral en vez de raíces— se quedó congelado en el cielo por unos instantes, sin tocar el suelo, para luego descender en cámara lenta hasta una roca gigante ubicada en un monte que ya conocía al revés y al derecho. Pero no hubo fuego ni ruidos estruendosos: hubo silencio, un silencio tan profundo que hasta los más diminutos y alborotadores pájaros dejaron de sonar.

Arturo sintió que las manchas en su pecho ardían más fuerte que nunca, montó su caballo lo más rápido que pudo y emprendió su rumbo al lugar, casi guiado por una fuerza desconocida. Cuando se acercó, notó cómo la roca en la que cayó el rayo brillaba como un cristal blanco. Bajó del animal, lo ató a un ciprés y se acercó lento hacia la roca; temeroso y precavido, brillaban sus ojos ante el resplandor azulado y púrpura que emitía por momentos, como si una conciencia antigua volviera a la vida, mientras se acercaba más y más hasta sentir una especie de estática escalofriante en su piel.

Cuando ya estaba casi por tocar con su palma izquierda aquella roca, empezó a sentir que sus manchas de nacimiento ardían aún más; sentía llamas en su corazón y su pecho, como si aquellas pintas en su piel fueran una conciencia viva y pensante que no podríamos comprender, intentando fusionarse con la inexplorada energía casi magnética que descendió sobre la roca. Arturo tocó con ambas manos la roca energizada, pero apenas la primera célula de su cuerpo hizo contacto con la gigante piedra, esta se hundió bajo el suelo, como si hubiera estado sostenida por una fuerza gravitatoria: era una puerta ancestral, un portal abierto que dejó un agujero de cuatro metros de profundidad por cinco metros de diámetro.

Aterrorizado, Arturo intentó mantener el equilibrio y retroceder; hasta que de repente, se empezaron a formar escalones de piedra que llevaban hasta el fondo de esa cavidad terrestre, mientras salía un aire muy frío desde dentro… y un murmullo que solo el elegido podía oír: “ven con nosotros”.

El joven descendió sin pensar, atraído por un sentimiento profundo e inexplicable. Con pasos que parecían esperados, sus pies pisaron el fondo mientras sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Las paredes de la cueva estaban cubiertas de símbolos semejantes a sus manchas hasta que logró ver nueve tronos agrupados en un círculo, similares a los de un poderoso rey, pero hechos de cuarzo blanco; y encima de ocho de ellos, había en cada uno un chamán o brujo en estado de hibernación. Figuras inmóviles descansaban allí desde tiempos inmemoriales, cubiertas por túnicas minerales y máscaras de piedras preciosas. No parecían muertos… parecían estar esperando. Sus cuerpos parecían momificados, pero respiraban lenta y profundamente. Sobre sus pechos brillaban las mismas manchas que tenía Arturo.

Sumidos en un sueño eterno y profundo sobre sus cristalinos tronos, Arturo empezó a recibir en su mente visiones que las avanzadas consciencias de aquellos antiguos hombres emitían, imágenes ancestrales de un pasado remoto, donde quedaba claro que ellos protegían cierto orden energético y natural en la tierra, como si tuviesen un encargo o misión celestial en esta dimensión y en muchas otras.

Arturo se acercó lentamente y con cautela al primer chamán en estado de trance, intentó tocar su roca y, de pronto, sus párpados se abrieron para emitir un rayo de luz encandilador. Cegado, el joven intentaba mirar el rostro de aquel ser, pero no podía. Algo en la realidad no permitía a un ser humano ver algo en aquellos ojos, algo que estaba fuera de su comprensión. Aquel milenario brujo o chamán dio órdenes con su mente a Arturo: sentarse sobre aquella novena roca de cuarzo vacía; era su trono prometido por la divinidad, el único ser que era digno de ser la novena llave.

Ahí fue donde comprendió que su destino estaba escrito por algo más fuerte que todo lo conocido, por un propósito tan grande que su padre nunca hubiese podido evitar; el joven ya no tenía la misma mirada. Casi en contra de su voluntad y sintiendo que faltaría a una orden celestial mayor, Arturo se sentó en aquel último trono cristalino. Desde lo profundo, se empezó a escuchar poco a poco una vibración que ascendía; la roca gigante que abrió aquella cavidad volvió a levitar y selló hasta la última grieta en aquella fortaleza bajo tierra. El joven entró en una especie de hibernación o sueño profundo, mientras sus ojos que emitían un poco de luz violeta se cerraban poco a poco hasta llegar al sueño infinito. Sus manchas de nacimiento se encendieron en rojo hasta comenzar a apagarse lento como brasas tiradas sobre la nieve. Su cuerpo se cristalizó y en su rostro se formaron rasgos diferentes, como los de un dios de la antigüedad que volvía a tomar su forma original.

Los ocho brujos también empezaron a brillar, sus manchas empezaron a palpitar simulando un ruido tectónico profundo, como montañas quebrándose debajo del mar… el planeta Tierra respiró hondo. Los perros del mundo empezaron a aullar, las alarmas sísmicas se activaron en todos los países. Las placas completas empezaban a desplazarse por debajo. En aquella cueva se veía cómo grietas rojas nacían de las paredes, mientras los tronos emitían pulsaciones sincronizadas con los latidos del planeta.

“La llave está completa”. Fue el último pensamiento tranquilizador de Arturo, entendiendo la verdad final; los Nueve reiniciarían el mundo otra vez, el último terremoto no era solo una profecía, era un ciclo que acababa de comenzar. La primera fractura abrió el desierto de Atacama y luego a Chile de norte a sur. La segunda hundió ciudades costeras enteras bajo los mares, y la tercera apagó para siempre las luces de todos los continentes.

Mientras la caverna parecía aguantar el colapso total, los Nueve parecían enraizarse con la tierra y rocas de la cordillera, como si conectaran nervios o un cordón umbilical otra vez con su madre tierra. Parecían dioses dormidos que empezaban a despertar bajo Chile; pero antes de que el mundo se partiera definitivamente, Arturo sonrió: por fin había encontrado su verdadero hogar.

Autor: Álvaro Arancibia
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