La novela que encabeza el comentario de hoy tiene mucho que ver con la idea de que al mundo ha trascendido el espíritu poético dentro de la literatura chilena. Eloy, publicada en 1971.
Carlos Droguett comenzó a ser un escritor reconocido dentro de Chile ya en su senectud. Sin embargo, en la década del ’70 el diario La Nación de Buenos Aires catalogó a la novela Eloy como una de las tres mejores novelas sudamericanas de la época. El autor, consciente de que era su obra cumbre, la reescribió en Suiza once años más tarde. En 1982.
El tema de la obra es la espera de un criminal ante la proximidad de la muerte… ello merece un par de reflexiones. Cuando un delincuente rural ha vivido de la forma más polarizada posible, es decir, sintiendo el calor de un arma homicida en sus manos y, a la vez, sintiendo la angustia del cuerpo afiebrado de su pequeño hijo, entonces nos encontramos con la naturaleza humana en su dimensión más pura: el odio y el amor dentro de una sola alma.
Por otra parte, que un hombre acostumbrado a regalar muerte se encuentre ante su propio turno, denota una suerte de resignación que no se parece al miedo, sino a la certeza íntima de un momento ya previsto.
Las dos características anteriores hacen que este antisocial ante quien los guardias estrechan un cerco silencioso, no se convierta en una caricatura sino en un valioso y único perfil de la contrastante personalidad de un delincuente. Tuvo la oportunidad de amar y sentirse un poco niño mientras inventaba ingenuos juegos para su hijo Toño.
La narración comienza y termina siempre fluyendo a través de la consciencia del protagonista.
Todo el mundo: los policías, las mujeres, los traidores, los niños. Todos ellos desfilan en un caleidoscopio vertiginoso en que se conecta la realidad de la espera con la fantasía de los recuerdos.
El matiz se va intensificando conforme se agrava la herida de su pierna que empuja a su mente a delirar por la fiebre y por la tensión del momento.
No hay diálogo. Todo transcurre en la mente de Eloy, pero se hace de tal manera que no cansa sino encanta por la crudeza de la narración y por el toque de sensibilidad y ternura que uno no imagina capaz en la mente de un delincuente.
El relato, aparentemente criollista, pudo suceder en cualquier lugar, de cualquier país, en cualquier tiempo. Lo que verdaderamente importa es lo que piensa y siente el protagonista frente a la muerte. Y también, cómo expía su propia culpa o bien cómo se excusa a sí mismo un “fuera de la ley”.
El texto es de un valor y una riqueza poética notable. El monólogo permite al narrador darse el gusto de explayarse libremente en el lenguaje.
Una pequeña muestra: “No hay flor más mujer que la violeta, enferma, delicada, frágil, transparente de lágrimas, túmula y trágica, presente y ausente. Real e irreal, ni más hembra, directa. Sensual de repente y sin aviso, ardiente y carnal, llameando y llamando que la rosa real de la vida, solo real, La mujer…es lo que piensas…”

Tomás Soto Aguirre
Profesor de Literatura
Mg. en Literatura
Mg. en Educación
