¿Gestionar o controlar las emociones?

De pronto se rompe una pieza que une la cañería del lavaplatos con la llave de agua de la cocina en tu casa. El agua sale a borbotones impulsada hacia arriba mojando el techo, la pared y hasta al gato que se paseó por ahí cerca. En un intento de controlar esta cascada improvisada pones tu mano sobre la llave averiada y lograr por unos segundos controlar el flujo de agua hasta que quedas empapada de la cintura hacia arriba, y te das cuenta de que necesitas una solución más efectiva: cortar el agua desde la llave de paso. No te sirvió controlar el agua, porque no tenías control sobre la misma; necesitaste realizar gestiones sobre el sistema de agua para detener la maravillosa catarata de Iguazú en el techo.

Con esta metáfora puedes ver la diferencia entre controlar (algo que ya se se desbordó) con gestionar. Con las emociones ocurre algo similar. 

Controlas tu rabia cuando tu marido te dice algo desagradable y no le respondes nada ¿Se pasó tu rabia? No. Simplemente controlaste la manifestación de la emoción, pero te quedaste rumiando la rabia o quizás hasta la somatizaste en un dolor de cabeza.

Si en lugar de callarte, te hubieses desbordado gritándole a tu marido una sarta de improperios o de ofensas que no se condecían con el ataque recibido, estarías dando rienda suelta a la emoción sin ningún control y sin ninguna gestión de por medio. Y ya sabemos, que las consecuencias de una emoción desbordada tampoco son positivas.

De nuestras emociones es responsable el sistema límbico y quien se encarga de ponerle freno es el lóbulo frontal. Éste último controla o gestiona, de acuerdo con el patrón de conducta que habitualmente usas. Puedes educar a tu lóbulo frontal para que gestione tus emociones en lugar de simplemente controlarlas, lo cual mejorará significativamente tu calidad de vida.

La pregunta es ¿cómo aprendo a gestionar mis emociones?

El primer paso consiste en reconocer que estás experimentando una emoción displacentera. En lugar de pensar: “Bah, no me importa”, es importante que reconozcas que algo te ocurre, y validarlo. “No me gustó lo que me dijo”, por ejemplo. 

Lo segundo es identificar cuál es esa emoción. A veces es más de una. Si no logras dar con la emoción exacta, sirven también las metáforas: me siento como una piedra, como un huracán contenido, con una planta seca, etc.

El tercer paso corresponde a expresar esa emoción de forma adecuada. Con adecuada me refiero a: que la intensidad y la profundidad de la emoción sea acorde con su expresión. Por supuesto si vives una pérdida sorpresiva de un ser querido es normal que te desbordes, pero no que te desbordes de la misma manera porque se te cayó la tapa del azucarero. Y adecuada también se relaciona con expresar lo que sientes a quien corresponda. Si tuviste un mal rato en el trabajo, no es adecuado llegar a la casa con un humor que nadie soporta. A veces no hay un otro a quien expresar esa emoción: o es algo contigo mismo o es muy abstracto. En estos casos, que son muy frecuentes, es conveniente que expreses contándole a alguien de tu confianza, o escribiéndolo. O expresándolo con tu cuerpo: pintando, bailando, cantando, etc. lo importante es liberar esa energía que produce la emoción en tu cuerpo, algo de lo que hablaré más en detalle en otro artículo.

¿Recuerdas cuando aprendiste a manejar?, ¿o siendo más pequeño/a, a lavarte los dientes? Todo comenzó de acciones que debiste repetir hasta que se volvieron un hábito; hasta que tu lóbulo frontal aprendió la ruta de ejecución. Con la gestión emocional ocurre lo mismo, si cada vez que te enfrentas a una emoción displacentera la validas, la identificas y la expresas, con el tiempo verás que gestionar tus emociones se te da de forma natural.

Hablar de emociones da tema para muchos artículos, por ahora me quedo con la gestión.

Julieta Salinas Apablaza

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