
¿Cómo le hablas a un amigo que se siente mal porque cometió un error? ¿o a una amiga que se siente agobiada en su trabajo o en su vida familiar? Seguramente, con calidez, brindándole apoyo. Quizás seas de las personas que escuchas atentamente y luego la reconfortas; o por el contrario, no la dejes terminar y arremetas con todo tu arsenal de palabras de consuelo, recordándole la maravillosa persona que es. Sea cual sea tu forma, si es tu amiga, buscas la manera en que ella se sienta mejor. Y no son sólo tus palabras, es tu tono de voz, tu postura corporal, así también guardas palabras o frases que en ese momento no dirías.
La gran pregunta es, ¿haces lo mismo contigo misma/o cuando te sientes mal?, ¿te tratas a ti misma/o como tratarías a una amiga en la misma situación?
Probablemente no, por dos motivos, uno biológico y otro cultural.
El motivo biológico: cuando estamos frente a una amenaza, supongamos frente a un león, nuestro organismo activa el sistema de alarma-defensa para huir, atacar o paralizarse, lo cual funciona para proteger al cuerpo físico de la amenaza. Cuando cometemos un error o estamos frente a una dificultad, nuestro organismo lo percibe como una amenaza. Lo problemático es que en ese momento somos la amenaza y lo amenazado al mismo tiempo, y nos enfrentamos a nosotros mismos con críticas, esperando de esa forma deshacernos del malestar. Continuamos repitiendo este patrón conductual en el tiempo porque se vuelve un hábito, sin embargo, es modificable.
El motivo cultural: nos han enseñado que la autocompasión es sinónimo de ser caprichoso, o egoísta, o se tiende a vincular la autocompasión con la victimización; lo cual no es más que una confusión de conceptos.
En el libro Auto-compasión fiera, su autora, Kristin Neff, señala que “las personas autocompasivas poseen más autoestima, porque no caen en la trampa del egoísmo. La autocompasión no tiene nada que ver con el narcisismo. No conduce a la comparación social constante ni pone el ego a la defensiva. El sentimiento de valía personal que surge de la autocompasión no depende de poseer un determinado aspecto, o de tener éxito o de la aprobación de los demás. Es incondicional”.
¿De qué se trata entonces la autocompasión y por qué es beneficiosa?
Para entender qué es la autocompasión, primero hablemos de compasión, el cual es el deseo de actuar para evitar que otras personas sufran, desde una perspectiva que mira al otro como un igual, como alguien capaz de superar los obstáculos que está enfrentando, a diferencia de la lástima, en que nos situamos en una posición de superioridad frente al que sufre. Cuando contienes emocionalmente a tu amiga que está pasando por un mal momento, cuando atiendes a la guagua recién nacida de tu hermana para que ella pueda comer tranquila, cuando alientas a tu hijo frente a un reto deportivo o académico, recordándole que él puede lograrlo, cuando empoderas con tus palabras a una persona querida que está sufriendo de abuso emocional de parte de un tercero, estás actuando desde la compasión. Todo eso lo puedes hacer contigo mismo, y en ese caso estarías aplicando la autocompasión.
¿Te fijas que no tiene que ver con tener lástima ni con victimización? Sino todo lo contrario. Tampoco se relaciona con ser egoísta o con hacer vista gorda de los propios defectos. Cuando alentamos a un ser querido a enfrentar un reto no le mentimos, sino que le recordamos las cualidades que vemos en él o ella, y si el reto se trata de superar un defecto, también se lo mostramos con delicadeza. De eso se trata la autocompasión, de contenernos, alentarnos, abrazarnos, y de impulsarnos sabiendo cómo realmente somos, qué cualidades podemos poner en práctica en el instante en que lo necesitamos y cuáles son las que debemos superar.
Dice la autora, “Cuando somos compasivos con los demás en nuestro cerebro se liberan oxitocina (la hormona del amor) y endorfinas (opiáceos naturales que nos hacen sentir bien) y con ello la sensación de seguridad se intensifica”. Cuando dirigimos esa compasión hacia nosotros mismos, se activan los mismos circuitos neuronales, actúa el sistema nervioso parasimpático el cual compite con el simpático (¿te acuerdas que lo mencioné arriba como el sistema de alarma-defensa?) con lo cual recobras la calma, al tiempo que mejora tu bienestar general.
Kristin Neff propone varias estrategias para trabajar la autocompasión, partiendo de la base que es un proceso, y que si recaemos en tratarnos mal, debemos ser compasivos también con aquello.
Si te interesa este tema de seguro te encantará el libro, pero puedes comenzar a trabajar tu autocompasión tomándote un momento para, en calma, recordar algún hecho reciente donde no te trataste bien. Recuerda no solo en tu mente, sino con tu cuerpo cómo te sentías, qué te dijiste a ti mismo, y ahora de manera consciente busca qué harías para reconfortarte en ese momento, o si te resulta más fácil, imagina qué te diría una amiga cercana para apoyarte. Al ejercitarlo, la próxima vez que te sientas mal contigo mismo recordarás que es más sano tratarte bien. Y si lo olvidas al principio, simplemente para, cambia el discurso abruptamente y reconfórtate como lo haría una persona querida contigo.
Además de las palabras de autocompasión es importante el tacto, pues el cuerpo reacciona fisiológicamente a las caricias. La autora propone que busques entre diferentes tipos de tacto aquel que te reconforte, por ejemplo, poniendo tus manos sobre el corazón, o acariciándote los brazos con suavidad, entre otros, pues cada persona es diferente, y lo importante es que tú descubras qué zona de tu cuerpo reacciona brindándote calma y seguridad en un momento difícil.
Julieta Salinas Apablaza
Escritora
