Quizás has escuchado que si te estresas te puedes enfermar. Esta afirmación que a muchos les puede sonar pseudocientífica, pachamámica, u holística, tiene un sustento científico, que no es nuevo. En 1936 el médico y fisiólogo austrohúngaro, Hans Selye propuso el Síndrome de Adaptación General (SAG), teoría que aún tiene vigencia, y que explica los mecanismos fisiológicos implicados en el estrés, que consta de tres etapas: alarma, resistencia y agotamiento.
Si vives estresado/a, corriendo detrás del tiempo o huyendo del mismo, pon atención.
Estresarse no está mal. Partamos por esta premisa. Nuestro sistema como seres biológicos es tan maravilloso, que nos protege de manera muy eficiente si algo o alguien atenta contra nuestra supervivencia.
Nuestro organismo se autorregula durante todo el día. Así, por ejemplo, si sientes calor activa mecanismos de regulación de temperatura y comienzas a sudar, si se ha quedado bajo de glucosa sientes hambre, si tu vejiga está llena sientes la necesidad de orinar, y esto, porque durante todo el día y la noche, tu cuerpo tiende a la homeostasis, es decir, a mantener el equilibrio interno que permite que estés vivo y sano.
Cuando estás frente a un peligro, supongamos un león persiguiéndote, en tu organismo se activa el sistema nervioso simpático y el eje hipotalámico-pituitario-adrenal. Los mensajeros químicos que actúan son la adrenalina, y la noradrenalina, quienes pondrán a tu organismo en un estado de alarma ¡Debes salvarte del león! Tu corazón late más rápido, y se aumenta la presión sanguínea, para bombear más sangre hacia tus extremidades, y así puedas correr o pelear con el felino. También se dilatan tus bronquios para maximizar la entrada de oxígeno con cada bocanada de aire, pues ese oxígeno lo necesitan tus células musculares. Tu organismo convierte el glucógeno en glucosa para que dispongas de más energía, pues necesitas luchar por tu vida. La sangre se redistribuye hacia donde la necesitas: las extremidades, y se activa la constricción de los vasos sanguíneos de los sistemas que no necesitas en ese momento, disminuyendo así la función digestiva, intestinal y de tu piel, por ese motivo esta última se torna más pálida y fría.
Aumenta tu sudoración, para refrigerar tu cuerpo de forma anticipada, pues te vas a acalorar peleando o huyendo del león. Se dilatan tus pupilas, permitiendo que ingrese más luz y así se expanda tu visión periférica y puedas captar con mayor nitidez tanto el peligro como tus posibilidades de salvarte; y por el mismo motivo, a nivel mental se optimiza tu atención, para que te enfoques.
Puedes darte cuenta de que toda esta reacción de alarma te protege; este es el denominado estrés agudo.
Si el león se fue o lograste noquearlo con golpes de kárate; y ya estás a salvo, el sistema parasimpático induce que bajen las pulsaciones, se normalice la respiración, y se reactiven las funciones digestiva e intestinal, permitiendo que tu organismo retorne al equilibro.
Si aún no estás a salvo, y con mediana suerte, has logrado subirte a un árbol y desde ahí miras como el león abre sus fauces para rugir, tu organismo, muy sabio, activa el Eje Hipotálamo-Hipófisis-Adrenal (HHA), con el objetivo de mantenerte con la suficiente energía; esta es la fase de resistencia, y aquí entra en juego el cortisol. Esta sustancia química se encarga de mantener activas sólo las funciones vitales de tu organismo, “apagando” o dejando en modo “de bajo consumo” a las que no son necesarias para tu supervivencia.
El cortisol suprime las respuestas inflamatorias pues en este momento no necesitas defenderte de microorganismos. También inhibe las respuestas de dolor, pues si te lesionas al defenderte, necesitas continuar luchando. Tu sistema digestivo, y reproductor entran en modo pausa, y lo mismo ocurre con los mecanismos de reparación de tejidos a nivel celular.
En tanto, tu sistema cardiovascular continúa tan activo como al inicio, y la glucosa es extraída de lugares impensables en condiciones normales, pues es el combustible para tu corazón y tu cerebro.
Supongamos que pasa el tiempo, el león continúa en su lugar, y no has logrado bajar del árbol. Nadie ha venido a rescatarte y debes vivir, cual Tarzán, sobre el árbol. Como tu suerte es medianamente (buena o mala) como lo quieras ver, el árbol te provee de naranjas, por lo tanto, puedes alimentarte, y beber del jugo de las naranjas. Y así continuas tu vida durante meses e incluso años, tratando de ser funcional, pero con el león abajo esperándote. Al mantenerse activo este sistema de respuesta al peligro de manera constante, tu organismo intenta adaptarse a este funcionamiento al límite. Ya estás sometido a un estrés crónico, y no estás tan lleno de energía, como al inicio, y mucho menos saludable. Recuerda que tu organismo está funcionando en “modo de bajo consumo” con algunas funciones, mientras que otras los mantiene en extremo activas. Ese desequilibro a largo plazo conduce al organismo a una fase de agotamiento, donde se supera la capacidad del cuerpo para continuar resistiendo. Se afecta el funcionamiento de varios sistemas: cardiovascular, inmunitario, digestivo, musculoesquelético, así como se altera el metabolismo, se promueve la acumulación de grasa, y se afecta el ciclo circadiano.
Puedes sustituir el león por cualquier estresor de tu ambiente: estar atrasado en medio de un taco, una alta carga laboral o familiar, una noticia que te afecte; un estresor interno: preocupaciones, o temores. O un conjunto de estresores.
En la fase de resistencia, cuando llevas poco tiempo sobre el árbol, se aumenta el riesgo de enfermedades. Al bajar las defensas quedas más expuesto a infecciones. También estás más propenso a molestias gastrointestinales, a contracturas crónicas, dolores de espalda y de cabeza, y al riesgo de aumentar de peso por la acumulación de grasa. Además, en la noche, al estar activado el sistema de alarma del organismo, el cortisol que se produce bloquea la acción de la melatonina, que es la hormona que induce al sueño; y por ende, cuesta quedarse dormido/a.
En la fase de agotamiento, cuando llevas tanto tiempo viviendo sobre el árbol que ya cuántas siestas al día toma el león, todos estos problemas físicos que tu cuerpo lleva sosteniendo por largo tiempo, empeoran. De contracturas puedes pasar a dolor crónico, y a patologías estructurales y articulares. De aumento de peso, a diabetes, por mencionar algunas de las múltiples consecuencias que se pueden generar.
Qué órganos y sistemas afectan a una u otra persona, va a depender de los puntos de menor resistencia biológica de cada individuo.
Y mi objetivo no es estresarte con lo recientemente dicho, sino por el contrario, invitarte a revisar si tu estilo de vida o tu forma actual de afrontar tus retos diarios podrían estar conduciéndote a un cuadro de estrés crónico, para que así bajes un cambio y privilegies tu salud.
En nuestra sociedad, que sobrevalora la productividad, tendemos a mirar el estrés como un símbolo positivo, de alta eficiencia. Se suele ironizar con frases como: “Uy, está super estresado” para expresar que alguien es flojo; y muchas veces en nuestras conversaciones mencionamos estar estresados, para demostrar lo hiper-mega-productivos que somos. Sin embargo, al conocer qué es realmente el estrés y cómo funciona nuestro organismo cuando estamos constantemente expuestos a él, podemos ver el absurdo de pensar en estrés como un sinónimo de productividad.
¿Y afectará al ánimo y a la conducta estar estresado? Uf, muchísimo. Somos seres psicobiosociales; un factor afecta al otro. Ese tema lo dejaré para otra columna.

Julieta Salinas Apablaza
Escritora
