Los Leones de la Plaza

Parte 1

Ay…, he visto tantas cosas en el club. Recuerdo cuando uno de los más picados hizo a los demás quedarse hasta las cinco de la mañana. A esa hora recién pudo ganar un partido. Algunos se estaban quedando dormidos de pie. Es curioso que habiendo sido por largos años un simple espectador, haya retrasado mi partida de este mundo más que los propios jugadores de mi generación. Todos mis amigos están bajo tierra. Esto echa por la borda la teoría de los beneficios de la actividad deportiva, aunque debo reconocer que siempre he sido recatado, no tengo vicios. Hace un rato pasé los noventa, y aún voy al club. Por cuánto más, no tengo idea, hasta que me dé un infarto o un derrame cerebral, es obvio que no me resta mucho tiempo.  

En Yugoslavia también se jugaba. Bueno, mi tierra natal ahora es definitivamente Croacia. Tengo algunas imágenes dispersas de chicos lanzando las bochas en terrenos baldíos. Debo haber tenido unos doce años cuando llegué a Chile, solo. No recuerdo a mi padre. Mi madre era pobre, no podía mantenerme. Un tío me puso en un barco, no volví a saber de mis parientes en Europa. En Chile me enteré que otro yugoslavo vivía en Los Andes, un hombre que había hecho fortuna en el salitre. Me acerqué a él y obtuve trabajo. Luego de varios años de ahorro, me salí y compré mi propio campo, más bien pequeño. Nunca me casé, tampoco mi patrón, don Pascual. Él me ayudó y se preocupó de mi educación. Entré a la política y fui regidor un par de veces.  No había más yugoslavos acá. Los italianos compraron el terreno en el pueblo e hicieron la primera cancha, por el año cincuenta, si mal no recuerdo. Ahora no queda más que el techo de esa cancha, y unos postes de madera que apenas la afirman, es increíble que no se haya caído con el último terremoto. De todos modos, nunca fue una cancha de competencia, ni estaba completamente cerrada, de manera que en invierno había que ser valiente para jugar, e incluso más para sentarse a mirar, porque jugando al menos se entibia el cuerpo. En aquellos tiempos cuando llegaban los nietos de los viejos, yo les decía: «¡vamos a hacer un campeonato infantil!», y abría mis brazos para saludarlos. Con una cancha disponible los niños no podían practicar el deporte, debían conformarse con mirar o divertirse en el resto del terreno. Don Silvio Solari, un modesto personaje, de bicicleta y perro de ropa en la parte baja de los pantalones, para no ensuciarse con la cadena, hacía girar el pesado rodillo para alisar la cancha. Vendía bebidas que sacaba de un tambor de doscientos litros cortado por la mitad, con suficiente agua dentro para cubrir completamente las gaseosas: era el refrigerador del club. Siempre había ahí Ginger-ales, Coca-Colas y Fantas, también un par de tipos de cerveza. Avanzada la noche, luego de los partidos, en un cuartucho, los viejos jugaban un juego de cartas que se llama truco, algunos tomaban café, otros un corto, o bebidas. Fumaban mucho. La mayoría fumaba. Hoy, los hijos de los viejos, los de la segunda generación también fuman, me refiero a los más jóvenes de esta generación, pues los mayores de la segunda también se han ido al otro mundo. Quedan dos o tres, pero ya no vienen a las bochas, los inviernos son crudos, además las señoras no les permiten salir, pues en la cancha aprovechan de fumar sin que nadie les diga nada. Claro, es un club de hombres. Alguna vez se hizo el intento de juntar los sexos, pero no duró demasiado, aunque varias damas jugaban bastante bien, iban a los campeonatos y traían medallas. El problema era que los hombres no podían decir todo lo que querían, no podían gritar, ni decir garabatos, ni hablar estupideces. En todo caso, el abandono de las mujeres se produjo sin conflictos. En realidad, ahora que lo pienso, casi todos los muchachotes se han separado de sus mujeres. Y hay varios que llevan más de un matrimonio a cuestas. A las exs suelen llamarlas brujas, y puede que no me equivoque si digo que alguno le tiene más afecto al perrito que llega al club a hacernos compañía que a sus amores de antaño. Por otra parte, me gusta que conserven el alma joven, dicen tantas tonteras, especialmente cuando juegan, los más osados entonan partes de canciones a toda voz.  Es raro, la mayoría ha pasado por cirugías graves o por enfermedades complejas; dicen en broma que el club se parece más bien a una organización de discapacitados…(Continuará)

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