Hace unos días me invitaron a celebrar el cumpleaños de uno de mis hermanos en su casa. Estaba lleno: todos sus hijos, yernos, nueras y nietos, además de otros comensales que, como yo, formábamos parte de la parentela más de afuera; éramos más de 30 personas en una mesa larga como la de Té Club. Yo estaba calladita, comiendo hasta que de pronto, la Carito, una de las hijas del dueño de casa, contó entusiasmada que iba a invertir unos ahorros en instalar una chocolatería fina, y que todavía no encontraba un local central a buen precio, porque los valores de arriendo eran excesivos. Y cuando agregó que no le convenía poner su local en una calle muy alejada de la plaza de la ciudad, ya no pude quedarme callada y exclamé:
“¡Lo que a usted no le conviene, mijita, es poner un negocio tan exclusivo en esta ciudad! Use esa plata en otra cosa, venda detergentes baratos, papeles higiénicos de nombre extranjero mal escrito; venda cualquier cosa que huela a ahorro; no a exclusividad”.
Me dijo que yo no tenía idea de negocios, que su público no era el mismo que compra en las distribuidoras; y yo le respondí que ella no tenía idea en qué ciudad vivía, porque el público de aquí es de galletas baratas, y no de chocolates finos.
“Hay público para todo” refunfuño mirándome con cara de odio. Mientras los demás comensales miraban su plato, concentrados, haciendo como que no estaban ahí.
Le respondí: “Si pue’, m’hija, pero el público de sus chocolates finos está en algunas comunas de la capital, en esas mismas donde están las clínicas y las tiendas de diseñador; donde la gente ni se arruga para pagar 3 o 4 veces más por exclusividad”. Remató con: “aquí también hay plata, ¿no ha visto la cantidad de autos y muchos de alta gama?”
Le pregunté: ¿Y tú no has visto cómo han aflorado las tiendas chinas, las distribuidoras, las farmacias económicas, y las tiendas de ropa de segunda mano en pleno centro, y cómo han quebrado las pocas tiendas más tradicionales que vendían exclusividad?
Su papá se pasó la servilleta por la boca, aclaró su garganta y comentó: “es lo mismo que le dije yo, pue’ hija. Su tía tiene razón, esta ciudad tiene otros gustos…”
Alegó que los gustos de los sanfelipeños “se han elevado”, que está lleno de cafeterías. Le dije: “Dese una vueltecita por afuera de las cafeterías y cuente con sus deditos cuánta gente hay adentro, y luego vaya a una distribuidora, y verá cómo le faltan deditos para contar”.
Enojada, me lanzó una mirada altanera y proclamó con voz triunfante: “Nunca creyeron en Steve Jobs, ni en Elon Musk, ni en Walt Disney, pero ya vio donde llegaron.” No sé en qué parte de la sesera a esta chiquilla se le enredan los conceptos de creatividad con exclusividad, pero qué más le vamos a pedir, si nunca fue buena para leer, y su enciclopedia es Tik Tok.
Que ponga el negocio que quiera; yo cumplo con advertirle, pero si ella no quiere mirar el entorno, es su problema.
No hablé más, para alivio de los comensales, porque me quedé pensando en el entorno; yo sí que lo miro bastante. Yo no tengo conocimientos formales sobre arquitectura ni urbanidad, pero así como dos más dos son cuatro, pienso que cada comuna va cultivando sus espacios de acuerdo con las necesidades y los gustos de quienes ahí viven.
Si yo viniera de afuera y recorriera las calles de San Felipe, me fijaría en que aquí abundan los malls chinos, las tiendas de ropa barata, y los locales de alimentos: supermercados, distribuidoras, carnicerías, negocios de comida rápida y también comida callejera; y encontraría llamativo que existan tantas farmacias en una ciudad tan pequeña. Con tanta tienda de baratijas podría pensar que no hay plata, pero al ver cuánto se compra a diario en las distribuidoras y lo llenos que se ven los locales de comida rápida, concluiría que sí hay plata, pero que se gasta principalmente en comida, más de la necesaria, y ahí le encontraría sentido al hecho de que existan tantas farmacias: si la gente come en exceso y mucha chatarra, se enferma. Buen negocio poner una farmacia, pero ya hay muchas. Un negocio visionario sería vender aparatos que midan la glucosa… Y que esta niñita quiera vender chocolates finos. Eso pasa cuando la gente se lleva mirando Tik Tok y no levanta la nariz para observar su entorno.
He dicho, hasta pronto.
