Academia Literaria del Liceo Industrial de San Felipe

Hace un par de semanas fue invitada por Evelyn Muñoz, docente del Liceo Bicentenario Industrial G.R.C., a participar de una sesión de la Academia Literaria que ella dirige.

La inquietud de invitarme surgió cuando un integrante del grupo leyó un microcuento mío, publicado en una compilación de cuentos participantes del concurso San Felipe en 80 palabras. A la instancia invitaron también al profesor Jorge Contreras, quien se encargará de realizar el proceso de diagramación de una antología que publicará la Academia.

Nos recibieron con jugos y bastantes cosas ricas dispuestas en una mesa en torno a la cual nos sentamos. Se encontraban presentes nueve de los quince participantes de la Academia. La sala donde nos encontrábamos, cuya decoración mezclaba lo moderno con lo clásico, creaba una atmósfera que me parecía una propicia metáfora visual sobre el gusto por la literatura, en la época actual.

Evelyn dio la instrucción a sus alumnos, que tal como en otras instancias donde han recibido invitados, ellos podían usar sus materiales, hojas y lápices, para escribir o realizar dibujos mientras participan de la conversación. Esta libertad creativa propuesta por la docente me pareció notable. Estamos acostumbrados a que el sistema educativo nos norme para “actuar” en el sentido, de adoptar una actitud formal; y en este caso, la norma esperada, sería que los estudiantes durante esa tarde en lugar de dar rienda suelta a su creatividad debiesen tener sus manos quietas, para demostrar atención a las visitas. Este asunto me toca en lo personal, pues me he pasado mi vida de estudiante haciendo garabatos mientras escucho con atención a un profesor, por lo que fui reprendida más de alguna vez en mi época escolar. Cómo explicarle al profesor que el hecho de tener mis manos ocupadas haciendo trazados y cambiando lápices, es el puente de conexión de sus palabras que se van impregnando en mi psique con mayor énfasis que si estuviese quieta solamente mirándolo. La sensibilidad artística de Evelyn le permite saberlo, y desde esa misma vereda darle énfasis a lo que era relevante: es una academia creativa, donde la expresión artística es el centro.

La docente moderó la conversación dando paso a que todos nos expresáramos y nos realizáramos preguntas. En la conversación iban apareciendo los gustos y la motivación detrás de cada cual. Una estudiante expresó que cuando realiza ilustraciones es la instancia donde puede ser ella misma. Un joven comentó que al egresar del colegio quería continuar sus estudios en informática, otro estudiante declaró que quiere ser escritor. No sólo abrieron su corazón, también me hicieron confesar con sus preguntas. Yo sentía que ese espacio atemporal me regresaba por alguna puerta dimensional hacia mi adolescencia, donde estaba sentada con un grupo de pares con intereses diversos, cuya pasión común es la expresión artística; grupo al cual en mi época escolar nunca pertenecí, pues siendo justa con la historia, hace tres décadas, mis intereses literarios no eran compartidos por mis coetáneos, al menos no de forma masiva.

Les pregunté cómo compatibilizaban el hecho de haber nacido en una época en que los medios digitales son preponderantes con su afición por escribir y dibujar, pues ambas actividades, así como la lectura, requieren de tomarse un tiempo para concentrarse únicamente en ello; además de constancia en el proceso. Con sus respuestas sentí que ellos tienen claros cuáles son los límites personales que deben tener con el uso de la tecnología. Mirado desde la neurociencia, este grupo de jóvenes no sólo está desarrollando su creatividad sino también fortaleciendo su lóbulo frontal a temprana edad, al ser capaces de postergar la gratificación que genera el uso de aparatos que proveen de dopamina al instante; autorregulación que genera beneficios cognitivos, emocionales y conductuales.

Al finalizar la reunión algunos participantes compartieron las obras que habían realizado. Con su autorización las comparto aquí, así también el microcuento que Bruhno encontró, el que para mí fue el pase a vivir esta maravillosa experiencia en la Academia Literaria.

Participantes de la Academia Literaria, la coordinadora Evelyn Muñoz, el profesor Jorge Contreras, y quien escribe este artículo.
Una joven se inspiró en mis «confesiones», como aquella donde les conté que al publicar mi primer libro me pesaba tener un título profesional del área informática, experimentando el famoso síndrome de la impostora. Ella capturó ese y otros momentos con gran ternura y humor.
El integrante del grupo a quien le gustó mi cuento, Elías, el niño del otro lado, realizó esta elocuente ilustración mientras conversábamos.
Cuento participante del concurso La vuelta a San Felipe en 80 palabras, versión 2017, organizado por la Biblioteca Municipal de San Felipe.

Julieta Salinas Apablaza

Escritora