Los niños de hoy sufren una adicción diríamos, enfermiza, con las pantallas de sus teléfonos, o más bien con los contenidos que ven y escuchan en sus aparatos. Pasan horas, entre cuatro y seis horas, hipnotizados frente a sus pantallas. Sus cerebros van liberando dopamina en cantidades, están súper entretenidos con esos contenidos, y todo lo demás les parece aburrido. Por eso, cuando se les ordena hacer sus tareas, hacer algún deporte o cualquier otra cosa, se angustian.
Mi sobrino de once años es una víctima más del sistema. Sale del colegio, y al instante necesita la pantalla. Sin pensarlo le dije un día:
―Si no ves la pantalla de tu celular por un mes, te regalo un millón de pesos.
Mi sobrino, que lleva un emprendedor en la sangre, también reaccionó sin vacilar y aceptó el reto. Me llevó un improvisado contrato con su letra desordenada y me dijo que lo firmara. Chuta, pensé, capaz que el niño tenga una voluntad de hierro y cumpla la promesa, de dónde voy a sacar el millón de pesos si el cabro gana. Entonces le dije para persuadirlo de olvidar la apuesta:
―Bueno, pero si tú no cumples tendrás que pagarme un millón de pesos a mí.
―Acepto― dijo el infante, y agregó inmediatamente esa cláusula en el contrato.
Entonces firmamos el contrato. Mis cálculos objetivos eran que no pasaría más de dos días sin su pantalla. De inmediato comenzó a fantasear con el uso del millón de pesos. Lo primero que pensó fue, irónicamente, comprar un celular sofisticado de un millón de pesos.
El primer día su desafío partió bastante bien. Llegó del colegio y comenzó a fabricar cosas con cartones y papeles, dejó la grande en la casa, pero logró pasar el día sin su celular. Incluso me dijo que había mirado un segundo la pantalla para ver qué hora era, y que le podía descontar una luca por eso. Me pareció jocoso, pero le dije que eso no contaba como una violación del contrato. A todo esto, en el colegio comentó a sus compañeros que pronto tendría un millón de pesos en el bolsillo. Entonces entre ellos surgieron otras ideas para gastar el millón. Formarían una banda de música, comprarían guitarras, baterías y esas cosas.
Al segundo día, la ansiedad lo empezó a atacar. Se le notaba en el rostro. Pronto comenzó a fastidiar a su madre lentamente. Decía que no tenía qué hacer, que estaba muy aburrido, que no se podía entretener; en fin. Le propuse deshacer el contrato, le dije que nadie perdería plata. Me dijo que no; que necesitaba el dinero para comprar los instrumentos musicales. Sin embargo, la pantallita lo “llamaba” persistentemente. La ducha antes de acostarse logró relajarlo un tanto y a duras penas pasó el segundo día.
Apenas llegó del colegio el tercer día la ansiedad lo había “tomado”. El fastidio a su madre se hizo intolerable. “¡Entonces llega a un acuerdo con tu tío y rompe el contrato!”, le gritó la mujer. El niño no tenía alternativa, el poder de la pantalla se había vuelto irresistible.
―Ok, dijo, anulemos el contrato, me está llamando mucha gente, no puedo seguir sin mi teléfono ―dijo y luego trajo el contrato para anularlo. Le dije que no era necesario, nos dimos la mano y yo agregué la clásica frase de mi abuelo Citadini: “basta la palabra”.
Fue así como volvió al “mundo feliz”.
Citadini
