Un gusto saludarles, queridos lectores, y para gusto de ustedes mi lengua no estará tan ácida, porque vengo livianita de las vacaciones.
¿Se va a Europa? Me preguntó un señor de este medio, con tonito de reproche, cuando le dije que en mis vacaciones no le enviaría ninguna columna. No necesito irme a Europa ni a la Conchinchina para descansar. En mis tiempos era así: Yo trabajaba todo el año y cuando salía de vacaciones nadie estaba llamándome de la oficina para pedirme papeles, y gracias al Altísimo en esa época no existían correos, ni Whatsapp, ni reuniones por cámara, ni toda esa parafernalia que ahora no deja descansar a nadie.
Mi prima Eulalia, a quien fui a visitar a Coquimbo, vive con su hijo que está todo el día conectado a los aparatos; nunca supe a qué hora empezaba ni terminaba su jornada de trabajo. Me recordaba a Pato Aparato. Estaba todo el día sentado frente al computador, una impresora, y al celular puesto en un trípode, y se llevaba de reunión en reunión con uno y otro perico, a veces, con varios al mismo tiempo, y el pobre miraba las dos pantallas, hablaba, escribía e imprimía cosas; parecía un pulpo. Con la Eulalia nos íbamos de paseo “para dejarlo tranquilo”. La verdad es que nosotras queríamos descansar de todo ese trajín y conversar tranquilas, porque con tanta gente extraña metida en la casa a través de una pantalla, se pierde privacidad. Cuando llegaba la noche, él continuaba trabajando. ¿Y el señor de este medio quería que yo estuviera así? ¡Está loco! ¡Eso no es vida! Con ese ritmo se pierde el sentido de la vida, y la gente comienza a convencerse de que lo que le gusta es estar trabajando, yo creo que para no sentirse tan mal con su realidad, y de ahí a la adicción a las pantallas hay un paso. No soy socióloga, psicóloga, psiquiatra ni analista cultural, pero de lo que sí puedo hablar con propiedad es de mi experiencia y desde ahí comparo: en mi época productiva había espacios y tiempos bien delimitados para trabajar y para descansar, y la palabra estrés no estaba en la boca de todo el mundo, como ahora.
Lo veo aquí también. La Carola, una de mis sobrinas tiene un icomers (o como se escriba), un negocio de venta de ropa por Internet. Está todo el día, conectada al celular o al tablet, mirando las pantallas, respondiendo mensajes a las clientas, y haciendo un montón de cosas mientras los niños le hablan. Ella les pone dos segundos de atención y sigue, pero a los críos no les importa mucho porque están todo el día mirando sus propias pantallas, incluso cuando comen. En su casa es todo el día ruidito de pantallas distintas, y a ellos parece no molestarles. Llega el marido y como si ya no fuera suficiente bulla prende la tele. Yo duro un ratito en su casa, y me dan ganas de arrancar. Me parece tan surrealista, todos viven en ese mundo que están viendo a través de su propia pantalla y no adentro de la casa; apenas se miran las caras y poco interactúan entre ellos.
Con la Eulalia nos íbamos a la playa, y allá arrendábamos un quitasol para sentarnos a mirar el mar, y a conversar. Nos acordamos de muchas anécdotas de juventud, y recordamos a un montón de gente, algunas de las cuales deben haberse muerto hace tiempo. Nos salían lágrimas de la risa cuando recordábamos los damascos de la vecina de nuestra abuela. Su casa estaba en la esquina y los frutos sobresalían hacia la calle, y nosotras, con otros primos nos comíamos sus damascos. Un día la vecina salió de su casa y nos pilló, y nos dio el sermón de la montaña. Estábamos todos calladitos con ganas de reírnos, pero nadie se atrevía porque la ‘ñora era tan pesada como debo ser yo ahora. ¡Qué risa nos dio!
Y me da pena ver que los niños ahora no juegan juntos en la calle. Nosotros hacíamos travesuras, corríamos todo el día y lo pasábamos tan bien; tanto que esos recuerdos aún los tengo en mi memoria. Los niños de ahora viven todas sus emociones con la mente en la pantalla, y pienso cómo se las irán a arreglar cuando sean mayores y tengan que trabajar y criar niños. Bueno, de seguro la vecina de mi abuela pensó que con mis primos íbamos directo a la delincuencia por estar robándonos sus damascos; y se equivocó. Quizás yo también ande perdida con el futuro de mis sobrinos nietos, y la humanidad no vaya directo al fracaso. ¿Se dan cuenta que estoy más benevolente para pensar? Es que las vacaciones cambian la visión. Si usted querido lector va de vacaciones, deje los aparatos en la casa, y dese el gusto de meter las patitas al agua, como lo hice yo. Llegué renovada.
Hasta pronto.
